La noche de los dones

Julio 31, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Llegué a la casa de Julián a las ocho y me recibió Patricia. Tenía una blusa lila entallada, una falda corta de cuerina marrón y unas botas largas fucsia que subían hasta la mitad de sus muslos dorados. —Julián no está pero estoy yo –dijo con una sonrisa deliciosa. Me puse nervioso porque Confucio dice que las mujeres se dividen en dos: las perras y las tontas, y Patricia no es ninguna tonta.Yo sonreí, la miré de pies a cabeza, suspiré y pregunté por Julián. —Ya te dije que no está –la sonrisa había desaparecido.—Vengo por un libro que le prest酗Debe estar en el closet. Sigue. Búscalo tú mismo.Cuando abrí el closet contemplé algo maravilloso: en el suelo estaba la cucaracha más singular que haya producido la vida en sus miles de millones de años de evolución. Estaba parada sobre sus patas traseras frente a una sandalia roja de tacón puntilla. La sandalia estaba caída. La cucaracha estaba de pie, inclinada hacia adelante pero con las cuatro patas delanteras levantadas al cielo. ¿Qué cree usted que hacía? ¿Había sucumbido a la fragancia de las feromonas de Patricia? No hombre, no sea animal, la cucaracha hacía algo típicamente femenino: admirar hasta el éxtasis el diseño de la sandalia, ese máximo de efecto con ese mínimo de líneas y de material que sólo puede tener una sandalia trazada como Dios manda. Y ahí estaba yo, testigo único y primero de la espiritualidad de una cucaracha. Tenía que hacer algo. Y rápido. Este descubrimiento cambiaba por completo nuestra concepción de la naturaleza pero, además, podía ser el comienzo de una nueva era en nuestra comunicación con los animales. Durante milenios nos los hemos comido y amaestrado, y ellos nos han comido y amaestrado, incluso trabajamos para sostener a millones de ellos, perfectamente inútiles pero sin duda superiores. ¿No ha notado la aristocracia y la displicencia del gato? ¿No ha visto que cuando una persona pasea con su perro, el perro siempre va adelante? Somos esclavos de millones de perros, gatos y pájaros, pero aquí estaba la oportunidad, quizá irrepetible, de establecer por primera vez un diálogo sobre temas abstractos con uno de ellos. Lo primero que pensé fue ¿qué le digo? ¿Querida señora? ¿Y si era un señor? ¿Hola, tres-catorce-dieciséis? No. Tenía que ser algo más natural. Ninguna persona civilizada entra en materia de manera tan abrupta. “Hola”, le dije. Lo que siguió fue increíble. ¡La cucaracha se sobresaltó, quedó erguida por completo, me miró un instante con las antenas crispadas, y cayó de espaldas muerta de la risa! Entonces ya no tuve dudas de mi intuición, era una cucaracha zen, valía una fortuna, podía sacarle millones. Necesito un testigo, pensé, y llamé a Patricia. —Mira esto. —¿Nunca has visto una cucaracha? —Espera un minuto, querida: Alta maestra zen –dije vocalizando cada fonema–: ella es la dueña de la sandalia. Luego vino lo mejor. La cucaracha caminó hacia Patricia, le dio la espalda, se paró de cabeza sobre sus patas delanteras y le mostró el culo. Antes de que yo pudiera reaccionar, Patricia aplastó al prodigio con la punta de su larga bota fucsia. “¡Zorra!”, le escupió a manera de epitafio, y se alejó por el pasillo contoneando el cuerpazo de insomnio al tiempo que apuntaba: —Dile a Julián que no vengo esta noche… Ah, el libro está en la bañera, maricón. De todas maneras no me lamento, fue una noche memorable: Patricia se me insinuó (¡Patricia en persona!) y fui testigo de un milagro patente. Los millones pueden esperar.

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