La mula del Papa

Diciembre 20, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Benedicto XVI acaba de expulsar del pesebre a la mula y al buey. Ignoro si el acto se produjo por bula papal, por manifiesto cismático o por un mero y expedito tuit. Lo cierto es que, obrando con un celo digno de un historiador miope, alega que esas bestias no están en los evangelios y que por lo tanto son criaturas completamente apócrifas. La declaración resultó tan impopular que varios columnistas de ambas márgenes del Atlántico se han pronunciado contra el Papa, y las religiosas del Vaticano murmuran a su paso: “Ahí va la mula del Papa”.La verdad es que la Biblia desprecia a los animales casi tanto como a las mujeres. Apenas los menciona cuatro veces: un gallo, que hace las veces de reloj en el pasaje de la negación de Pedro; los animales del arca de Noé, que son mencionados en manada; los peces, parte de un menú, y una piara de cerdos, utilizada para poner ahí la pestilente alma de un poseso. Ah, y los pájaros, mencionados al paso para dar mal ejemplo e inducir a la gente a la molicie. “Mirad los pájaros del campo, que no hilan ni trabajan ni almacenan, y ni Salomón en toda su gloria vistió como ellos”. Es una lástima que Las Escrituras, tan minuciosas en tantas minucias, no hagan una sola mención piadosa de los animales. ¡Cuánto maltrato pudo haberse evitado con un versículo oportuno en el Levítico, cuánta fatiga, cuánta carga, cuánta sangre, cuánto dolor, cuánto ‘espectáculo’, cuánta fiesta brava y cuánta faena cobarde!Si nos vamos a poner perspicaces, para estar a tono con Su Santidad, el hecho de que las bestias no aparezcan en los evangelios puede ser una prueba de la autenticidad del relato, de que Mateo y Lucas no eran cuentistas preocupados por el ‘color local’. Recordemos el razonamiento de Borges: “La prueba de que el Corán es un auténtico libro árabe, radica en que no hay un solo camello en sus páginas”. Es verdad: si el Corán hubiera sido escrito por un romántico colombiano del Siglo XX, digamos, proliferarían allí las caravanas de lánguidos camellos, las palmeras, los dátiles, los oasis.Cuando inventó el más bello juguete del mundo, San Francisco puso el buey y la mula como símbolos de laboriosidad y mansedumbre. También, estoy seguro, para caldear un poco el frío pesebre. Mejor dicho, no se los inventó: los adivinó a través de la bruma del tiempo.Sólo en la cabeza de un Papa cabe un establo sin bestias. Yo me las he encontrado incluso en las habitaciones de los campesinos. José Saramago cuenta que sus abuelos metieron una vez en su cama a una marrana para salvarla de una helada invernal. Y no eran santos ni dioses. Eran los Saramago, unos viejos muy pobres que adoraban a su marrana y la consideraban parte de la familia (Jacinta, la llamaban), así los maledicentes afirmen que la metieron en la cama sólo para preservar su escaso pecunio.Diga lo que diga el obispo de Roma, así lance trinos urbi et orbi, la mula seguirá tercamente ahí, entre el musgo y las estrellas de millones de pesebres de la cristiandad, caldeando la humilde estancia de la sagrada familia; seguirá ilustrando per secula seculorum las fábulas religiosas y haciendo alguna travesura en los villancicos, comiéndose, con sus finos dientes, la paja del niño inocente. Porque una cosa es segura: los Papas pasan, la mula queda.

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