La muerte de Miguel Páramo

La muerte de Miguel Páramo

Julio 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

De los muchos hijos naturales de Pedro Páramo, al que más quiso fue a Miguel Páramo. El padre Rentería fue el encargado de entregárselo. –Don Pedro, la mamá murió en el parto. Dijo que era de usted. Aquí lo tiene. El muchachito se retorcía, pequeño como era, como una víbora. Don Pedro ni lo dudó, solamente le dijo: –Por qué no se queda con él, padre. Hágalo cura.–Con la sangre que lleva dentro, no quiero tener esa responsabilidad.Miguel creció fuerte y alto como su padre pero con la sangre un poco más turbia. Ni él mismo tenía la cuenta de las mujeres que poseyó por las buenas o por las malas, ni de los muertos que debía, ni de las tierras usurpadas.Una noche salió de Comala a visitar una novia en Contla, un pueblo más bien retirado. Para ganar tiempo, hizo que el Colorado saltara un vallado de piedra. Lo brincó y siguió al galope tendido pero no pudo encontrar el pueblo porque la noche se llenó de neblina. Entonces se fue para donde Eduviges, la que abandonó cuando encontró esa muchacha de Contla que le sorbió los sesos, y le tocó la ventana. ¿Qué te pasó, Miguel, te dieron calabazas? No, ella me sigue queriendo. Lo que sucede es que no puedo dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué. Pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti porque tú me comprendes. Si se lo cuento a los demás dirán que estoy loco. No, loco no, Miguel, debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo.Cuando cerré la ventana lo oí patente... ¿Ustedes han escuchado alguna vez el quejido de un muerto? Más les vale.El cuerpo se lo llevaron a don Pedro amortajado en costales viejos amarrados con bejucos. Tenía ese aire de cachivache que tienen los difuntos. ¿Quién es?, preguntó. Es Miguel, don Pedro. ¿Qué le hicieron?, gritó. Esperaba oír: “Lo han matado”. Y ya estaba previniendo su furia, haciendo bolas duras de rencor, pero lo que oyó fueron las palabras suaves de Fulgor Sedano que le decían: Nadie le hizo nada. Él solo encontró la muerte. A Pedro Páramo esas palabras le llegaron sin sonido, como las que se oyen en los sueños. Había mecheros de petróleo aluzando la noche. Lo mató el caballo, se acomidió a decir uno. –Estoy empezando a pagar –rezongó-. Más vale empezar temprano para terminar pronto.Don Pedro ordenó que sacrificaran al caballo porque la pena lo estaba matando, y porque no soportaba sus relinchos, y mandó a los caporales a que dieran la noticia por los vastos caminos de la hacienda. Denla llorando, les advirtió. El padre Rentería ofició la misa de réquiem. Le costó mucho trabajo pedir a Dios por el descanso del alma del hombre que había asesinado a su hermano y violado luego a Ana, su sobrina. Miguel se le metió por la ventana. Dijo que iba a pedirle perdón.La muerte de Miguel Páramo es el pasaje más memorable de esa novelita perfecta que es Pedro Páramo. Creo que funciona de manera autónoma y que merece un sitial de honor en las antologías de la literatura fantástica.

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