La modernidad del Quijote

Diciembre 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Dicen los críticos que el Quijote es la primera novela moderna, pero tal vez no lo sea tanto. El libro guarda la estructura episódica de la novela antigua, como el Satiricón, donde los capítulos son historias más o menos independientes. Sólo el definido trazo de los dos personajes centrales, Sancho Panza y don Quijote, la distingue de esas colecciones de cuentos con cierta unidad temática que eran las novelas de entonces. La novela de verdad moderna, la escrita del Siglo XIX en adelante, tiene un desarrollo, un orden narrativo, una continuidad de aparición de los personajes secundarios y una ligazón de sus partes mucho más rigurosa que los del Quijote. Pero el Quijote tiene elementos modernos, claro. Por ejemplo, la manera como Cervantes entreteje el plano de la realidad y el de la ficción. Repasémoslo a vuelo de pájaro. Al principio, Alonso Quijano es un sujeto al que se le seca el celebro por leer novelas de caballerías; luego se hace caballero y nosotros somos los lectores; en el capítulo 31 de la segunda parte llega a la casa de un duque que ya ha leído el libro, lo recibe con honores y hace a Sancho gobernador de la Ínsula Barataria. Aquí el Quijote es personaje literario y sujeto de carne y hueso a la vez, y nosotros somos lectores de un lector, el duque.En el capítulo sexto, el barbero dice que el autor de la Galatea “es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo pero no concluye nada”. El barbero, criatura de Cervantes, juzga a su creador.Hay también un pasaje donde el Quijote llega a una imprenta de Barcelona donde un gramático corrige las páginas del libro que narra sus aventuras. Otra modernidad del Quijote, según Vargas Llosa, estriba en que tiene dos narradores. Uno es el narrador omnisciente que cuenta las cosas en lenguaje directo. El otro es Cid Hamete Benengeli, que sería el autor de la versión original y cuyo relato conocemos por boca del narrador omnisciente. Impávido, este nos asegura en el capítulo nueve que el Quijote fue escrito primero en árabe por el señor Benengeli, que Cervantes adquirió el manuscrito en el mercado de Toledo y lo hizo traducir al castellano por un morisco al que le pagó con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo. Pero en realidad Benengeli no es un narrador, nunca habla por sí mismo. Es sólo una fuente citada, en paráfrasis, por el único narrador de la obra.También se ha señalado que estamos frente a una novela donde el mundo interior, lo psicológico, empieza a competir con la realidad de cada día.La modernidad de los recursos no basta para garantizar la perdurabilidad de un libro. Pero cuando se combina con otras virtudes, la obra resultante ejerce una atracción irresistible sobre los críticos, unos señores que andan siempre a la caza de hitos para marcar los puntos de inflexión de la historia de la literatura. Entre estas virtudes están la gracia del estilo, el magnífico trazo de los protagonistas, la amoralidad del enfoque y la bella lección de solidaridad que nos deja. Estos son los méritos que lo convierten en un clásico, un libro que las generaciones siguen leyendo cuatro siglos después de su publicación.

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