La moda y el intelectual

Noviembre 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Para los intelectuales de la mitad del siglo pasado, la moda era un instrumento de alienación burgués, la traducción al vestido de la lucha de clases. En realidad las clases sociales estaban uniformadas en cuanto a líneas y cortes desde mediados del siglo XIX, pero estos señores no se enteraron del cambio por andar rezongando. Ahora sus sucesores reniegan del consumismo de la moda, de su frivolidad, de la uniformidad dictatorial impuesta por las grandes casas. Lo cierto es que la frivolidad está en la mirada, no en la moda, una industria poderosa, un oficio que ha merecido el estudio de algunos historiadores y sociólogos, y un ‘octavo arte’ que tiene su propio Óscar. Hay que ser miope para hablar de uniformidad. La moda uniformó a las mujeres hasta los años 60, quizá, cuando comenzó una frenética mezcla y yuxtaposición de estilos, las jovencitas estrenaron minifaldas y las hippies túnicas largas, y todas alternaron el fijador y el despeluque. Hoy vemos en una misma cuadra maxifaldas, minifaldas, sastres, jeans, linos, paños, camisetas, pantalones, bermudas, shorts, pantalones calientes, plataformas, tacones, tacones con plataforma, botas, sandalias, crocs… La moda tiene, claro, un elemento colectivo. Ser colectiva y efímera son dos de sus elementos clave. Pero si miramos bien, vemos que cada mujer tiene una manera muy particular de llevar la moda: esta pone ciertos apliques en sus crocs, aquella lleva escote pero lo atenúa con un broche púdico, algunas son lanzadas en la longitud de la falda pero conservadoras en los colores o en los materiales. Ninguna mujer adopta la moda de manera incondicional porque todas tienen límites morales y puntos flacos. Y digo mujer, porque desde el siglo XIX la moda es femenina. A pesar de su gran ofensiva contemporánea, la moda masculina es anémica frente a la femenina. Contradictoria como nosotros, la moda es un fenómeno lleno de paradojas: es moderna pero arrancó con la aparición del individuo en la Baja Edad Media (circa 1350); es colectiva pero también individual; es efímera y a la vez histórica; desvela a la ‘plástica’ y a la intelectual; puede ser un elemento de status pero también de mímesis, de camuflaje; puede ser impuesta de arriba-abajo, como pasa con algunas creaciones de los grandes diseñadores, o al contrario, surgir desde abajo, como sucedió con los bluyines, las camisetas, la ropa rasgada, los piercings y todo el ‘look mendigo’ en general. Puede ser dictatorial e imponer tendencias… o sufrir derrotas históricas, como sucedió con el pelo corto y el pantalón, que fueron considerados propios de las marimachos en los años 20; o la falda corta, engendro satánico; o el vestido negro, un color reservado para el luto hasta que Chanel, de luto por la muerte de su amante, lo desempolvó y lo impuso como la base de una línea minimalista y superchic. Hoy la moda se salió de madre. Está en la base del diseño: el color plateado de los carros, la levedad de los dispositivos móviles, la decoración de interiores, las siluetas de los edificios, las comidas y las bebidas, nuestros rituales sociales… Es difícil imaginar cosas o actividades que no estén mediadas por la moda. Es ubicua, y luchar contra ella es una empresa tonta y vana.

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