La mirada de Alejandro Gaviria

Enero 26, 2017 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Por alguna maldita razón, la noticia mala tiene más rating que la buena. Los columnistas no somos ajenos a esta morbilidad. Nos excitan los escándalos y morimos por una ‘denuncia’. También maman de esta veta la oposición, los pesimistas profesionales, los profetas del apocalipsis y, por supuesto, analistas serios que ejercen a conciencia labores de veeduría. Todos tienen la foto del instante, del aciago instante, pero escasean las estadísticas comparativas de periodos largos de tiempo; el ‘largometraje’, digamos.Sobre esta falencia viene trabajando el nerdo ministro de salud Alejandro Gaviria. Su última compilación de ensayos, ‘Alguien tiene que llevar la contraria’ (Planeta, 2016), demuestra que, si bien el país enfrenta aún retos mayúsculos, ha tenido avances sociales por encima de lo que cabría esperar de su precario desarrollo económico. Veamos algunas consideraciones del libro. Gaviria sostiene que los analistas ignoran avances tan importantes de los últimos setenta años como el ascenso social de la mujer y los dramáticos aumentos en alfabetización, esperanza de vida y coberturas en salud y educación.La desnutrición infantil crónica, que era del 31% en 1965, bajó al 22% en 1975 y al 13% en 2000. Entre 1950 y 2005, la mortalidad infantil de los niños menores de un año pasó de 125 a 22 (por cada mil niños nacidos vivos). En el mismo periodo, la esperanza de vida pasó de 50 a 70 años. A causa de “las violencias”, la esperanza de los hombres ha crecido más lentamente. “Para el año 2000, la esperanza de vida era de 75 años para las mujeres y de 67 años para los hombres”.Entre 1973 y 2005, la tasa de pobreza bajó del 70 al 20% y la de miseria pasó del 45 al 6%. Esta reducción está más asociada a la expansión de los servicios públicos y los programas sociales que al aumento de los ingresos, hecho que refuerza la conclusión de Gaviria citada arriba: “El país ha progresado socialmente a pesar de sus mediocres resultados económicos”.La tasa de alfabetización subió del 63 al 93% entre 1950 y 2000, un crecimiento muy similar al de los países más desarrollados de la región. En línea gruesa, el comportamiento de la educación ha seguido esta trayectoria: creció de manera muy empinada en los años cincuenta y sesenta; perdió impulso desde mediados de los años setenta por la disminución del gasto público y la centralización (las obligaciones educativas se trasladaron de los departamentos a la nación) y volvió a tomar ritmo en los 90 gracias a la elevación del gasto público y a la descentralización, medidas emanadas, ambas, de la Constituyente del 91. Podemos concluir que, en relación a nuestro pasado, avanzamos. Pero si nos comparamos con los países en desarrollo, estamos entre los peores.Yo creo que el descenso de la calidad de la educación pública obedece a una política de estado perversa. Si no se corrige ahora, en unos años veremos a la universidad pública correr la misma suerte de los colegios del Estado. Ahora que al fin, luego de varios decenios de discusiones circulares, la agenda política esta ‘desnarcotizada’ y ‘desfarquizada’, los analistas creen que llegó el momento de atacar al monstruo mayor, la corrupción. Tienen razón, sin duda, pero sería magnífico que, al tiempo, discutiéramos en serio los problemas de la educación: contenidos, métodos, objetivos, filosofía. La educación no es solo asunto de cobertura, edificios ni tabletas, ni mucho menos de limosnas para un puñado de ‘pilos’. Es un asunto de fondo.Sigue en Twitter @JulioCLondono

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad