La lengua y el pan

Julio 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refrán. Debería decir “dime qué comes” porque somos más escrupulosos con los alimentos que con las amistades. La comida es la actividad que mayor información brinda sobre los pueblos. A través de ella podemos estudiar los comportamientos de las personas en cualquier circunstancia. La comida preside las bodas y los entierros, sella los pactos de los negocios, es el aperitivo de la seducción y el testigo mudo de las conspiraciones. Los aztecas se comían el corazón de los prisioneros más valientes para robarles el valor. En la liturgia cristiana, y en la anglicana, el sacerdote se come el cuerpo y la sangre de Cristo; los judíos comen rábano durante el seder para recordar las lágrimas que sus antepasados derramaron cuando sufrieron esclavitud en Egipto. Los egipcios juran sobre una cebolla cabezona, en cuyas capas ven un símbolo de las esferas concéntricas del universo antiguo. Para agasajar a un amigo lo invitamos a un restaurante. Pero si es alguien muy especial lo invitamos a comer en nuestra casa. Una de las etimologías más lindas es la relacionada con la palabra compañero: viene de la expresión latina cum panis, “compartir el pan”. La lengua tiene muchas metáforas inspiradas en la alimentación. Para aprobar cualquier cosa decimos “me gusta”. A los sucesos nefastos los llamamos “un trago amargo”, el humor negro es “ácido”, una persona bondadosa es “dulce” y los pobres de espíritu son “simples”.En varios idiomas, el verbo “comer” tiene acepciones sexuales y son innumerables los nombres de alimentos que se usan para nombrar el deseo. Churro, pimpollo, bizcocho, bombón, media naranja. La francesa le dice a su amante mon petit chou, mi repollito, y para el inglés una mujer atractiva es una crumpet, una tostada cubierta con mermelada y mantequilla.Los enamorados quieren ‘devorarse’, literalmente hablando, pero se contienen y solo se infligen mordiscos contenidos. Bueno, algunos no se ponen con vueltas y se echan a la muela al amado, como sucedió con ese aristocrático cacorro alemán que se comió a su amante vivo, filete a filete, hasta que el sujeto desfalleció de anemia y de placer. Nada se le escapa a esa criatura omnívora que es el ser humano. No hay vegetal ni animal que se libre. Los alemanes comen col agria, los japoneses hongos, los estadounidenses pepinillos en vinagre y los colombianos archucha, brócoli y tomate de árbol. Los masai beben sangre caliente de vaca, los chinos fritan perros, los italianos pájaros, los pastusos ratas, los santandereanos hormigas y los franceses caracoles con ajo. Los minerales, en cambio, no son de nuestro agrado. Sólo nos gusta, y mucho, la sal, aprecio que se evidencia en expresiones como “el amor es la sal de la vida”. Producto de la combinación de dos venenos –cloro y sodio– la sal es más solicitada que todas las especias juntas y más incorruptible que el mismísimo oro; quizá por esto llegó a ser tan apreciada que en muchas regiones se la utilizó como un valor de cambio y dio origen a la palabra salario. La alimentación obedece a un instinto animal, sí, pero también es una operación de alquimia, un ritual sagrado o al menos ceremonioso porque es el inicio de un proceso mediante el cual el cuerpo convierte los alimentos en sangre y músculos, en ideas y suspiros, en himnos, poemas y ecuaciones.

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