La invención del huevo

Abril 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

El huevo es un pequeño milagro. Para empezar, tiene una forma de altísima resolución estética (sorprende que los griegos hayan ignorado la obvia belleza del ovoide y considerado que la esfera, ese huevo chato, era el más perfecto de todos los sólidos). Su cáscara posee la dureza justa para proteger el contenido, la fragilidad providencial para que un pollito pueda romperla y la porosidad exacta para ser permeable a los gases e impermeable a la humedad.Por más que usted sacuda un huevo, la yema nunca se mezclará con la clara gracias a unas fibras radiales, ancladas en la cáscara y muy resistentes a la torsión, que la mantienen en el centro.La punta del huevo puede aguantar altas presiones porque su forma de arco reparte las fuerzas verticales de manera tangencial sobre las paredes; es como si los pesos resbalaran por la superficie de la cáscara.Hasta aquí lo que cualquiera sabe, incluso los ingenieros. Lo que muchos ignoran es que el huevo fue un cabezazo genial de la naturaleza, uno de esos hitos que hacen época y cambian para siempre la biografía de la vida y el paisaje del planeta. Antes de su invención, los vertebrados tenían que vivir en el mar o en las costas para garantizar su reproducción. Los peces y las ranas expulsaban su yema, una burbuja de gelatina que servía de alimento al embrión y que a su vez tomaba nutrientes del agua del mar, que hacía las veces de clara o albumina. Entonces el Azar dijo: “Sea el huevo”, ¡y fue la luz! Armado de su geómetra talento, embaló la yema y la clara en un empaque bello y semihermético. El resultado fue el huevo amniótico, una suma exquisita de cáscara (cristales de hidroxiapatito), yema, mar y diseño, que les permitió a los vertebrados que vivían en las costas y en las riberas de los ríos, conquistar la tierra.“¿Cómo y cuándo nació el huevo? No lo sabemos. Como es habitual, los restos fósiles escasean cuando más los necesitamos. El primer huevo amniótico fosilizado que se conoce procede de los sedimentos del pérmico inferior en Norteamérica, mucho tiempo después de que los reptiles ya se hubieran establecido en tierra firme. Tenía aproximadamente el tamaño de un huevo de gallina”. (Gordon Rattray Taylor, El gran misterio de la evolución).Los primeros exploradores vertebrados reptaron por tierra firme y se diversificaron en una gran variedad de grupos: algunos se convirtieron en dinosaurios, otros en lagartos y otros en tortugas. Otros se quitaron las patas y se convirtieron en serpientes sibilantes. Otros, se transformaron en mamíferos. Algunos, como el cocodrilo, no se adaptaron nunca al exilio y regresaron cargados de nostalgia al seno de las aguas.Al principio, todos estos reptiles conservaron sus escamas, esa coraza de láminas córneas que guardan entre sí el traslape exacto para blindar los cuerpos sin afectar su agilidad. Pero con el tiempo las escamas se fueron dulcificando. Unas se volvieron pelo, para abrigar el cuerpo e incitar caricias, y otras se adelgazaron en plumas y alzaron el vuelo.Es por esto que propongo un Génesis laico que empiece así: Al principio fue el huevo y el Azar vio que era bueno y dijo a los vertebrados: “En virtud de esta cápsula daréis tres saltos enormes: el primero del agua a la tierra, el segundo de la tierra al aire y el tercero del aire al espacio exterior”. Y así fue.

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