La fe de los ateos

La fe de los ateos

Marzo 28, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Nadie sabe a ciencia cierta si Jesús es el personaje más poderoso de la literatura fantástica, o si fue un día una persona de carne y hueso, alguien del que pudiéramos decir: suda, ama, orina, le gustan los dátiles y la avena en agua, vive a lo diagonal de Marta y a veces tiembla, vacila y maldice el cielo.

A las religiones les caben todos los atributos. Son elementos de cohesión social pero también causa, o al menos pretexto, de guerras estúpidas (perdón por el pleonasmo). Son teoterapias, bálsamos capaces de curar los males del cuerpo y de conjurar los demonios del alma, pero también son madrigueras de monstruos y fábricas de pesadillas. Fueron las primeras cosmogonías y los primeros códigos. Ahora riñen, tercas y vanas, con los nuevos modelos del universo y con los nuevos códigos.

No existe pensador o poeta de primera línea que se haya desentendido del ‘factor Dios’. Ciorán, el más piadoso de los ateos, dijo de ortodoxa manera: “No creo en Dios porque no he recibido la gracia de la fe”. Y otro día: “Sobre Dios solo se puede reflexionar mirándolo desde arriba. Desde abajo solo podemos adorarlo”. Y otro día: “Si alguien le debe todo a Bach, es Dios”.

“La principal argucia del Diablo es hacernos creer que no existe” escribió diabólicamente Baudelaire y agotó para siempre el cuento teológico, subgénero inaugurado por Moisés en el Libro de Job, donde Dios y el Diablo juegan sin piedad, como niños caprichosos, con la suerte de este buen hombre.

Schopenhauer dijo: “Las religiones son cosmologías para niños; por esto son alegóricas” (es decir, “ilustradas”).

Dando pruebas de su tacto político, Jesús Planteó la primera separación de poderes: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, una norma que, si la observáramos, nos ahorraría discusiones tontas y anacrónicas.

El ataque más ingenioso contra los ateos es obra de Marcel Proust: “Los ateos consideran tan perfecta la Creación que creen que se puede prescindir de un Creador”.

También es maliciosa la calcomanía de bus: “Lo que me deseas, Dios el doble te lo conceda”.

Sobre los rituales del Sábado Santo, explica el ateo Guillaume Durand: “Por la mañana se apagan todas las lámparas de la iglesia para indicar que queda abolida la antigua Ley que iluminaba el mundo. Después, el celebrante bendice el fuego nuevo, que representa la Ley nueva. Lo hace brotar del pedernal para recordar que Jesucristo es, como dice San Pablo, la piedra angular del mundo. Entonces el sacerdote se detiene ante el cirio pascual. Es inmaculado, de cera de abeja, criatura a la vez casta y fecunda como la virgen que trajo al mundo al Salvador. El sacerdote hunde en el cirio cinco granos de incienso que recuerdan las cinco llagas de Cristo y los cinco perfumes comprados por las cinco santas mujeres para embalsamarlo. Por último, enciende el cirio con el fuego nuevo y, para representar la difusión de la nueva Ley en el mundo, se encienden las lámparas en toda la iglesia”.

Conclusión: ¿Por qué no se promulga la rica poesía que encierra la liturgia católica? ¿Será que a la Iglesia le sobran profetas y le faltan publicistas?

Conclusión dos: real o fantástico, Dios es omnipresente. Está en las plegarias de los píos, en el corazón del hombre de ciencia, en el alma del obrero e incluso en el cerebro de los ateos, condenados en vida que vamos por el mundo rezongando no-existe-no-existe-no-existe, como almas en pena.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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