La dama de hierro

Marzo 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Después de ver La dama de hierro, la película sobre la vida de Margaret Tatcher, le quedan a uno varias preguntas: cómo pudo una buena señora gobernar a Inglaterra durante once años con una vocecita estentórea y dos ideas ruines. Cómo pudo triunfar un credo político tan vil en una nación políticamente madura. Y lo que es más inexplicable: cómo pudo ella venderle al mundo el neoliberalismo con la sola ayuda del actor de segunda que gobernaba (digámoslo así) en Estados Unidos. El credo era simple: la sociedad no existe, sólo hay familias e individuos. El estado de bienestar es insostenible. Los pobres son haraganes; por eso son pobres. Al otro lado del Atlántico Ronald Reagan, hizo un contrapunto acorde a la tesitura tatcheriana: agitó ante las cámaras un dólar y anunció: ¡Está amaneciendo en América! Y eso fue todo: una señora goda que no decía nada y un actor de segunda que decía menos, nos embarcaron en un modelo económico que agudizó los problemas sociales del tercer mundo y que tiene al borde de la quiebra a varios países del primero (no es una coincidencia que los índices sociales de Inglaterra y Estados Unidos sean los peores entre los países desarrollados). Bueno, en realidad no estuvieron tan solos la señora y el actor: les ayudaron bastante los banqueros y las multinacionales, encantados con la disminución de la injerencia estatal en la economía; los burócratas, encantados con el desmonte de los subsidios; y la debacle de la Unión Soviética: descartado el socialismo, resultaba evidente que el capitalismo rampante era el camino, la verdad y la vida. La película nos muestra el presente de Tatcher, una señora senil que lucha con sus empleadas para que le permitan ir a la tienda a comprar la leche ¡A ella, de cuya voluntad dependió un día el precio de la leche, del dólar y del aire! También debe enfrentar las trampas de la nostalgia y los laberintos del alzhéimer que le enredan el orden de las cosas pero que le permiten, al tiempo, conversar con el fantasma de su esposo, volver a discutir con él pequeños asuntos domésticos, escogerle las corbatas, seguirlo amando y despreciarlo a ratos, como cualquier cónyuge que se respete.Sus desvaríos mentales permiten que la narración salte al pasado de una manera completamente natural y que los flashbacks nos la muestren en sus días de gloria, cuando el parlamento más machista del mundo acataba con docilidad las sugerencias de ‘La dama de hierro’. La película tiene un solo problema, es mala. Pese al paradojal personaje, al buen reparto y a la celosa ambientación, la narración nunca encuentra su norte, vacila entre la poesía de la vejez y la prosa del poder, y se pierde en una confusa línea media. Su directora, Phyllida Lloyd, dilapidó un magnífico tema. Con semejantes recursos y con semejante personaje (la mujer más influyente de la historia) hizo una película tan tediosa que nada, ni siquiera la pasmosa actuación de Meryl Streep, logra rescatarla del marasmo Creo que a Lloyd la perdió su devoción por la actriz (ya la había dirigido en Mamma mía!) y en lugar de contar la historia de Margaret Tatcher se engolosinó exhibiendo los mil y un recursos histriónicos de Meryl Streep. El resultado está a la vista: un Óscar para la actriz y un manojo de ajos para la película.

VER COMENTARIOS
Columnistas