La Babel de Cuervo

La Babel de Cuervo

Marzo 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

En la Antigüedad, el 40 no era un número sino una hipérbole: significaba “muchísimos”. Por eso las Escrituras dicen que en el diluvio llovió durante 40 días y 40 noches; aún en el Medioevo, y para darnos una idea del tamaño de una banda de criminales, un libro famoso dice ‘Alí Babá y los cuarenta ladrones’. El número se repite con insistencia cabalística en la vida del filólogo Rufino José Cuervo. Nació en 1844 y murió en 1911, luego de 40 años de trabajo, dejando inconcluso su monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. “Iba por la letra E –dice Fernando Vallejo– cuando lo sorprendió la muerte en París, lejos de Bogotá… y de la Z”. Maledicencias aparte, la verdad es que Cuervo hizo no solo las entradas de las cinco primeras letras sino que dejó compilados 40.000 ejemplos de uso de vocablos comprendidos entre la F y la L. para hacernos una idea de la dimensión de su tarea, baste decir que, para hacer los 2/3 restantes del Diccionario, fueron necesarios dos estados, un magnate y los desvelos de 40 investigadores durante 42 años. Mejor dicho: la Septuaginta, la versión de las Escrituras de los 70 sabios, es como un pie de página de los ocho pesados tomos del Diccionario de Cuervo (un ejemplo de su prolijidad: la entrada de la preposición ‘a’ tiene 32 páginas a doble columna). Aunque el Diccionario vio la luz hace 20 años (la mitad de muchísimos), aún nadie sabe si es la Vulgata del español, un monumento a la lengua, una curiosidad bibliográfica, un mamotreto inútil, un vademécum gramatical, un museo de las palabras, un hito de la lingüística o el primer diccionario sintáctico de la historia. Es tal el volumen de la información, y tan contradictorias las maneras como los clásicos han usado ciertos verbos y preposiciones, que el Diccionario funciona sobre todo como una máquina de multiplicación de dudas, una Babel sintáctica y vertiginosa.Sin embargo, María Mercedes Carranza, alma bendita, hizo una reseña exprés de los ocho tomos para la revista Semana y aseguró sin pestañear que era una “obra maravillosa”. Cuando lo interrogaron sobre el asunto, Gabo salió del paso con ardides de poeta y franqueza costeña: “Es una novela de las palabras, el diccionario menos imaginable del mundo por su fórmula y tamaño, por el siglo y cuarto de su ejecución, y por su inutilidad práctica”. (No está de más agregar que entre artistas, y desde Wilde, el adjetivo inútil es elogioso: es su inutilidad lo que distingue la silla de un museo de todas las demás sillas que cojean por el mundo).Sin embargo, uno puede encontrar en sus páginas 40 sorpresas, como esta cita de las Epístolas familiares de Antonio de Guevara: “Según dice Estrabón, De situ orbis, primero escribieron los hombres en ceniza, después en hojas de laurel, después en planchas de plomo y después en pergamino y lo último vinieron a escribir en papel. Es también de saber que en las piedras escribían con hierro, en las hojas con pinceles, en la ceniza con los dedos, en las cortezas con cuchillos, en el pergamino con cañas, y en el papel con péñolas. La tinta con que escribieron los antiguos fue la primera de un pez que se llamaba jibia, después la hicieron de sumo de zarzas, después de hollín de humo, después de bermellón, después de cardenillo y al fin la inventaron de grana, agallas, caparrosa y vino”.

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