Jobs, un pirata notable

Jobs, un pirata notable

Diciembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Es innegable que Steve Jobs nos facilitó la vida. Ya no hay que andar con la biblioteca en cajas, como los divorciados, ni con la discoteca al hombro, como el novio de Nieves, ni digitar copy A/cartas/crédito: B para copiar un archivo, ni hacer maromas de pianista para hundir al tiempo alt+crl+147 para poner una tilde. Jobs entendió que todo debía ser simple, rápido, delgado, liviano, estético y con mucho color. Entonces hizo algo que detestaba: piratear. Raponeaba los mejores inventos de la tecnología, los fusionaba en un paralelepípedo delgado, le diseñaba un ‘escritorio’ bello y vistoso, algo con el aspecto de una caja de herramientas omnipotente y colorida, y lo lanzaba al mundo en escenarios minimalistas, su credo estético, el que rigió la decoración de sus tiendas (luz tenue, espacios vacíos, gradas de cristal, mesas rectas, alguna cenefa) y su austero ajuar: al principio camisas blancas, bluyines y tenis; al final camiseta negra, bluyines y tenis; a veces un suéter terracota con cuadros negros.Pero era un buen ladrón. Siempre mejoraba lo hurtado: el computador personal de Altair, la pantalla touch de Palm, el mouse y las interfaces gráficas de Xerox…Desde niño amó los signos. La señalética de los edificios, la señalización de las calles, los logos de las marcas, los signos de los rituales, los códigos gráficos, la semiótica del mundo. Y al final se volvió un ícono él mismo, la encarnación de lo virtual, el gurú de la era del silicio, el anacoreta vegetariano de un culto llamado Apple, el guardián del nuevo grial: una manzana mordida. En un campo controlado por jóvenes millonarios, carismáticos y geniales, él fue el más esbelto, bello, juvenil y genial. Incluso cuando envejeció. Stephen Wozniak, el verdadero inventor de Apple, Mark Zuckerberg, el jovencito de Facebook, y hasta el mismísimo Bill Gates quedaron relegados al papel de actores de reparto de la revolución digital. La revista Time le dedicó ocho veces la portada. Su muerte generó 10.000 ‘twets’ por segundo (la muerte de Michael Jackson produjo 5.000) y causó un revuelo y un luto “casi igual al de la muerte de un papa”, dijo The Economist. Se equivocaron. A los papas los llora sólo la grey católica. Las tabletas y Jobs, en cambio, son universales. Y omnipresentes. Y omnisapientes. Y menos falibles que los papas.Odiaba que le robaran lo robado (“el Windows de Microsoft es un vulgar plagio de la interface de Macintosh y Android es una copia barata del sistema Apple”) y lo urticaba la idea de que internet fuera gratuito. Él cobraba por cada línea de sus contenidos y quería que sus productos fueran exclusivos, incompatibles, como Macintosh, distinguidos, como él. Después se resignó a vender millones de iCosas.Despreciaba a Clinton por lujurioso y a Bill Gates porque “no sabe mucho de tecnología. Por eso busca pasar a la historia como filántropo”.Walter Isaacson, su biógrafo, cuenta que en 1977 Jobs pasó semanas enteras comiendo sólo zanahorias con limón y jugos de frutas, y que un día escupió una cucharada de sopa porque su hija le confesó que la había preparado con mantequilla. Cuando no estaba vendiendo sus cachivaches, podía decir vainas serias. “Recordar que vas a morir es la mejor forma de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder”, por ejemplo.Click en su tumba.

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