¿Fue sapo Rulfo?

¿Fue sapo Rulfo?

Abril 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Leí en estos días una información sacrílega en NTC, el gran blog cultural, el de María Isabel Casas y Gabriel Ruiz (la primera maltrata y explota al segundo pero esto será tema de otra Plana de género). Haciendo gala de un amarillismo ruin, NTC recogió los embustes de no sé qué figurón de la crítica literaria que afirma que Rulfo fue «sapo» de la CIA. Pero como lo decía NTC, investigué el asunto y encontré que, en efecto, hacia finales de los años 40 Rulfo fue publicista y agente de inmigración, trabajo que consistía en «acompañar» hasta la frontera a extranjeros indocumentados, en su mayoría centroamericanos que peregrinaban a México con la misma ilusión que llevaba a otros a Nueva York o París. Por muy Rulfo que uno sea, es vil hacer parte de un engranaje policíaco que podía hacer saltar en pedazos los sueños de un muchacho aventurero, el castillo de una pareja de enamorados. Bueno, si Rulfo hizo esto pudo hacer cualquier cosa. ¡Incluso poesía! Con esa divina grosería que lo caracteriza, el destino jugaba con la suerte del que sería el escritor más vigoroso de una de las naciones más letradas de América; la tierra de Reyes, Pacheco, Arreola, Paz, Fuentes y sor Juana Inés de la Cruz -todos tan prolíficos y a veces tan buenos escritores pero que, al lado de Rulfo, parecen bachilleres haciendo la composición sobre el fin de semana. Infamias aparte, lo que cuenta es que poco después, entre 1950 y 1954, Juan Rulfo escribió dos cantos a la muerte sobrecogedores, las 200 páginas más perfectas del castellano, los dos folletos, El llano en llamas y Pedro Páramo, que marcan la mayoría de edad de nuestra narrativa. En 1956 escribió un par de guiones de cine y calló para siempre. Después, ni una línea salió de su mano. La cordillera, el libro más esperado de la literatura moderna, no alcanzó a ver la luz porque para entonces ya había perfeccionado su método, que consistía en tachar todo lo que consideraba superfluo (acotaciones, conectores, narradeces…), y lo tachó todo. ¡No quedó ni una mera colina, cuates! Y los periodistas dele con lo mismo: que por qué no ha vuelto a escribir, Rulfo. Y Rulfo siempre ensayaba una respuesta distinta, como si también él buscara la razón de su silencio. A veces decía que era el matrimonio lo que le había secado el seso. «El matrimonio es el túnel de la muerte del amor. Uno sólo sale de él para morir», comentó luego de abandonar a una bella joven tucumana para regresar con su familia. Otra vez dijo: «No he vuelto a escribir porque se murió mi tío Celerino, que era el que me contaba los cuentos». Enrique Vásquez propone una hipótesis más interesante. «Herman Melville imaginó al escritor que descubre un lenguaje total, preciso, definitivo. Con ese instrumento, el lenguaje perfecto, hace una obra, la única posible. Después, el escritor sabe que nunca logrará hilvanar otro relato, que jamás logrará convocar con la misma precisión a los personajes de una historia». Rulfo había logrado esa síntesis y, lo que es peor, lo sabía. Después de esos dos breves trabajos no volvió a escribir literatura a pesar de que el mundo se comía las uñas en la espera. Sabía que poco o nada le quedaba por decir; por eso rehuía la presencia de periodistas, los congresos de escritores; por eso quemaba sus trabajos, por eso se escondía en la sierra de Jalisco, por eso se emborrachaba. ¡ Chapeau, don Juan!

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