Fidel, ¿mito o comparsa?

Diciembre 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

El cubrimiento de la muerte de Castro dejó buenos análisis y crónicas flojas. Los análisis fueron buenos porque los politólogos tuvieron tiempo y muchos elementos para reflexionar sobre el ‘fenómeno Castro’: Guerra Fría, bloqueo, disolución de la URSS, ‘periodo especial’, neoliberalismo, petróleo venezolano, la ‘apertura’ de Raúl Castro, el ocaso del patriarca… Las crónicas fueron malas por dos razones: primero, porque la fuente primaria, la prensa cubana, es pésima. Ni siquiera informó la causa del deceso. Se cree que murió atragantado con su propia saliva, la que acumuló por dejar de asestarle al pueblo cubano discursos interminables con esa vocecita estentórea que no rimaba con su rostro severo ni con su corpulencia, esas diatribas contra el imperio, sobre la “vaca revolucionaria”, la de las ubres secas, sobre la gran zafra, la que nunca pelechó, y contra los marielitos, “esa aberración capitalista”, esos maricas que un macho alfa como él no podía soportar. La segunda razón estriba en que la crónica privilegia el factor humano de la noticia, le interesa más el ‘quién’ que el ‘qué’, y Fidel no era un ser humano, era una engendro parlante, el peor, y un cerebro militar, el mejor, y los militares, ya lo dijo la filósofa María Fernanda Cabal, no son seres humanos, son máquinas letales programadas para matar mucho y pensar poco. Las elegías de la izquierda repitieron la tierna fábula de que la Cuba de Batista era un burdel del imperio hasta que llegó el comandante y mandó a parar. Olvidan que el burdel es una institución histórica, desde la ‘prostitución sagrada’ de Babilonia hasta la Santa Sede, pasando por los imperios, la Cuba gringa, la soviética, la chavista y la ‘raulista’, desde la sofisticada Holanda hasta la despernancada Colombia. Olvidan que el PIB per cápita del ‘burdel gringo’ era más alto que el de Japón, Italia, Austria y España. Con todo, su legado es notable. Fidel desafió al imperio medio siglo y murió en la cama. Sus ejércitos salieron invictos de las batallas libradas en tres continentes (Cuba, Siria, Congo, Angola y Etiopía). Sobrevivió a cientos de atentados, entre ellos uno diseñado para tumbarle la barba. Mejoró los buenos índices de desarrollo humano de la Cuba prerrevolucionaria y la convirtió en la primera potencia deportiva de Latinoamérica. Le insufló al pueblo cubano una cohesión social admirable. En cuanto al comunismo propiamente dicho, Fidel realizó la utopía máxima: igualó el salario del obrero y del cirujano… por lo bajo. Entrenó grupos místicos de baja estopa, como el ELN, para incendiar a América Latina y “convertir los Andes en la Sierra Maestra de América”. Al ‘capitalismo salvaje’ solo opuso la barbarie comunista de la guerrilla (en su momento, hay que decirlo, esta barbarie era romántica) y fue pieza clave de la negociación entre el Gobierno y las Farc.El balance final es negativo porque Fidel cerró su gestión con la imagen de un déspota incapaz de abrir canales democráticos ni de encontrar alternativas económicas en 60 años de patriarcado. Vivió demasiado, algo fatal para un héroe. Si la CIA lo hubiera asesinado en los 80, el mito y la isla habrían salido ganando. Pero lo que más comprimió la altura de su pedestal fue la debacle del comunismo. Para la historia, Fidel será solo el campeón de la resistencia de una doctrina que fracasó. P.D.: A las 7:00 p.m. del domingo, el Taller de Escritura Comfandi clausura sus actividades con una gala de poesía en el Teatro Esquina Latina. Entrada libre. Sigue en Twitter @JulioCLondono

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