Esa leve morada del hombre

Enero 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Los textos de los diarios son cada vez más breves y están peor escritos. Parece que los periodistas se han tomado a pecho eso de que los periódicos se escriben para el olvido, o que “periodismo es lo que se escribe al reverso de los anuncios”, y los jefes de redacción viven tachando metáforas y reprimiendo cualquier brote de poesía que asome en las pantallas.Los entiendo parcialmente: es más fácil escribir en lenguaje plano (llamar al pan, pan y al vino, vino) que labrarse un estilo; una metáfora fallida sólo añade oscuridad al texto; y el tono poético puede desbocarse, si no se templa bien la rienda, por las floridas praderas de la cursilería. Pero la solución no es voltear la cola y escribir de manera desmañada sino aprender a redactar en un estilo que conjugue claridad, vigor y poesía; y acuñar bien las metáforas. O como decía D’Stefano: “Anotar es sencillo, basta darle duro y al ángulo”.El recelo de los periodistas objetivos y los historiadores rigurosos hacia la prosa literaria puede resumirse con estas palabras: “El lenguaje recto es claro; el figurado es ambiguo, introduce ruido en el texto; confunde, falsea, miente”. La verdad es que se puede mentir en lenguaje lacónico, y que los cuidados estéticos, en cambio, pueden llevarnos a descubrimientos de fondo y añadir precisión al mensaje. ¿Cuántas veces, buscando un adjetivo para decorar una línea, hemos descubierto una cualidad del sustantivo que se nos había pasado inadvertida?El día que el primer terrícola pisó la superficie de la Luna, la agencia soviética de noticias Tass tituló, verde de la envidia: “Hoy una nave norteamericana tripulada alunizó a las 23:30 GMT”, distorsionando así, con un lenguaje rigurosamente objetivo, la dimensión del acontecimiento. ¡No se podía registrar semejante suceso como si tratara de una operación de rutina de la aviación comercial! The New York Times, en cambio, acertó al titular la noticia con las palabras que un escritor anónimo de la Nasa le había preparado al astronauta Neil Armstrong para que las pronunciara en el momento de hacer sus primeros pinitos en la Luna: “Este es un paso pequeño para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad”.La prosa debe volver a las salas de redacción. ¿En aras de qué renunciar a su potencia y precisión? ¿Quién querrá comprar unas gafas para ver los atardeceres en blanco y negro? ¿Cómo no agradecer y aprovechar esos milenios de articulación y sensibilidad que nos permitieron pasar de la aspereza del gruñido a la tersura del madrigal? El lenguaje plano banaliza la información y justifica la observación de Oscar Wilde, que se quejaba de lo mal escritos que estaban ya entonces los periódicos: “Leer los diarios -decía el irlandés- es comprobar que sólo lo ilegible sucede”.Si tenemos en cuenta que los textos de las pantallas, los periódicos y las revistas son los últimos contactos de la gente con el lenguaje escrito, la responsabilidad de los que trabajamos en estos medios salta a la vista. Es nuestro deber velar por el trato que reciba “esa leve y antigua morada del hombre, la palabra”.

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