Eran los tiempos del número...

Septiembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Es probable que exista una realidad allá afuera, un conjunto de cosas cuyas propiedades no dependan de nuestras observaciones. Un universo más firme que la voluble especie que lo estudia. Esa realidad es tan vasta y compleja que sólo podemos analizar fragmentos. Consideramos algunos aspectos de las cosas y de los fenómenos, ignoramos a propósito otros aspectos, tratamos de descubrir las constantes, formulamos una tesis, la sometemos a la prueba de fuego de la experimentación, ajustamos la tesis y finalmente construimos una “maqueta” de ese pedazo del mundo. A esta maqueta los hombres de ciencia la llaman un “modelo” y está formada por un económico sistema de apenas 34 signos: los números y las letras. Todo el universo, todas sus sombras, partículas, piedras, flores, pájaros, dioses, estrellas, fantasmas y teorías, pueden ser expresados con las diez cifras arábigas y los veinticuatro caracteres latinos de nuestro alfabeto de cada día. Y cuando sentimos que el lenguaje se queda corto, que no alcanza a describir el sabor del agua o la sensación de un beso. Entonces echamos mano de la metáfora y asunto resuelto. Hay metáforas tan poderosas y tan sueltas como el agua, y algunas son mejores, me dicen, que ciertos besos.Si nos ponemos alfanuméricos, las personas se dividen en cuatro categorías: los que aman las letras, los que aman los números y los pragmáticos, unas criaturas refractarias a los signos y que prefieren entenderse directamente con las cosas, con el barro, la piedra o la madera. Para estos, el signo es algo amenazante, una cifra oscura. Pero sus manos son diestras y de ellas brotan mesas, cuadros, notas, vestidos, peinados, manjares, conejos, rosas…Algunos tenemos la fortuna de pertenecer a la cuarta categoría: somos “bilingües” y mantenemos buenas relaciones con ambos grupos de signos. En mi caso, la responsable fue la escasez. Crecí en una casa en la que faltaban muchas cosas y me tocó jugar con lo que había a mano, números y letras. Una aclaración: no me estoy quejando. Los niños nunca son pobres. La pobreza es un mal que afecta a los adultos. Los niños siempre encuentran tesoros debajo de una piedra, o en sus bolsillos: piedras, un trompo, un grillo, un dulce… o entre sus cabellos, o un poco más abajo, en su abigarrada y portentosa imaginación. Sobre las letras ya he escrito bastante. Algún día escribiré un largo ensayo sobre el número. Se lo merece. Creo que si alguna entidad es digna de la literatura, si algún signo es cifra de la modernidad, es el número. Para bien y para mal. Si una civilización futura quisiera resumirnos en una frase, podría decir: “Eran los tiempos del número…”En efecto, los últimos decenios han estado poblados como nunca antes de mecanismos de precisión, de incesante tecnología, de matemáticas, de estadística y de una enfermedad de origen numérico, la avaricia. Nunca como hoy el mundo giró en torno al oro. El capital ha sido importante siempre, claro, o al menos desde su aparición formal en los bancos del Renacimiento, pero hoy brilla más que nunca. Todo lo demás –la religión, las artes, las ciencias, la moral, la política e incluso la ecología–, es subsidiario del mercado. Monoteísmo puro. Baal en toda su gloria, en su antiguo y magnífico esplendor.

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