En la muerte del minotauro

Junio 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Luego de la muerte de Jorge Luis Borges (1986), Adolfo Bioy Casares recogió las conversaciones que sostuvieron juntos en un volumen de 1663 páginas. Lo que sigue es mi versión de algunos de los diálogos de estos dos gentlemen de las pampas.1985. Septiembre 17. Borges: Un poeta turco inventó una buena metáfora para la erección. En la traducción inglesa suena bien. Upright blood: sangre erguida. Está bien, es breve. Bioy: To the point. JLB: No es fácil inventar nuevas metáforas para cosas tan viejas.Noviembre 25. Borges encuentra rara la expresión valle de lágrimas. “Sería más lógico río de lágrimas ¿no?”. Cuenta que está esperando los resultados de unos exámenes médicos que no prometen nada bueno.En el curso de ese mes trabajó duro con dos secretarios. Ordenó facturas y manuscritos, visitó notarías, cambió su testamento, habló con los editores, quemó miles de versos y se casó en Asunción con María Kodama. El 29 viajó a Ginebra contraviniendo las indicaciones de su médico, que lo previno: “El frío de Europa no es bueno para usted”. Tanto da morir aquí o allá, respondió él.Febrero 14 de 1986. Bioy está preocupado por la falta absoluta de noticias de Borges.Mayo 12. Bioy: Cuando íbamos a desayunar sonó el teléfono. Silvia atendió. Adiviné que hablaba con María Kodama. Le preguntó cuándo volvían pero María no contestó. Pasame a Adolfo, pidió. Pasé y hablamos sobre derechos de autor para no hablar de lo otro. Me dijo que Borges no estaba bien, que oía mal. “Hablale en voz alta”. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. “Regular nomás”, respondió. Quiero verte, le dije. “No voy a volver nunca más”, contestó con una voz extraña y la conversación se cortó. Estaba llorando, dijo Silvia. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.Junio 14. Bioy: Un joven con cara de pájaro se me acercó en un quiosco de Ayacucho y Alvear y me dijo: “Falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra”. Seguí mi camino sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente, yo no había perdido la costumbre de pensar: tengo que contarle esto. Esto le va a gustar… Irse a morir a una ciudad lejana tal vez no sea tan inexplicable. Cuando me he sentido muy enfermo, me encierro, como si la enfermedad y la muerte fueran vergonzosas, algo que uno debe ocultar.Febrero del 87. Bioy: María Kodama es una mujer extraña. Acusaba a Borges por cualquier motivo. Lo castigaba con silencios (recuérden que Borges era ciego). Lo celaba con mujeres y con los admiradores. Se impacientaba con sus lentitudes.Marzo 15. Bioy: Me consuelo pensando que Borges no murió solo. Estaba con María y dos amigos, Bernès y Bianciotti. Bernès asegura que Borges sintió la muerte quince días antes: “Ha llegado. Está aquí. Es algo externo, rígido y frío”. Luego se repuso un poco y Bernès lo grabó cantando La morocha y otros tangos. En la grabación, Borges ríe con la risa de siempre.Hacia el final, Bernès le leyó el cuento Ulrica. Borges suspiró: “Soy un escritor”. Murió recitando el padre nuestro. Lo dijo en anglosajón, en inglés antiguo, en inglés, en francés y en español… “por si acaso”, explicó con una sonrisa débil.Murió en una casa alquilada cerca de la Grande Rue. Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre pero tiene llave, que es también la de la casa.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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