En la era del cacharro digital

En la era del cacharro digital

Noviembre 04, 2010 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Vivimos en la era digital, qué duda cabe. Y sus productos son pasmosos, quién lo va a negar. Y su ritmo intenso: no creo que pasen tres meses antes de que sus cerebros saquen al mercado un producto nuevo, un ‘dispositivo’ con más funciones o más rápido o más liviano o más delgado o más memorioso o con un ‘escritorio’ más bello o con funciones inimaginables.Pero la cosa está pasando de castaño a oscuro. ¡Un ejecutivo pobre tiene tres computadores!: un camastrón que guarda en el cuarto de rebrujo y que aún no tira a la basura porque piensa regalarlo a una escuela pública cuando tenga tiempo. Ahora usa en casa un portátil pequeño y tiene un miniportátil para los viajes porque el pequeño ya no cabe en los espacios cada vez más reducidos de la clase económica de los aviones.También tiene ‘tablas’, un Ipad y un lector electrónico, un Ipod para escuchar música en el carro y un BlackBerry para que su jefe le chatee órdenes discretas en cualquier momento. O para ponerles mensajes a sus amigos; no todo es terrible en la era digital. No la malquiero. Por el contrario, me declaro esclavo agradecido de sus ingenios y no quisiera regresar por nada del mundo a los tiempos de las enciclopedias, el teléfono fijo y la máquina de escribir. El problema está en que uno se habitúa, y luego no concibe la vida sin ellos y tiene que llevarlos a todas partes y cambiarlos con frecuencia porque llega el momento en que uno se siente un pobre diablo porque no tiene PIN “por si algo”, para usar esa expresión que inventaron las mujeres, maestras del lenguaje elíptico, inventoras de expresiones como “pásame eso que está allá”, que nos resultan oscuras a los explícitos y obvios y cartesianos varones, criaturas asaz refractarias a la elipsis.Uno se resiste unos meses por economía, por inercia al cambio, por la sospecha de que le quieren vender con empaque nuevo el mismo cacharro viejo. Pero el cambio tira, los mercaderes son tozudos, insisten incansables, te asaltan por cualquiera de las ene-mil pantallas que nos rodean, deslizan mensajes en tu oído y por debajo de la puerta; ponen, como quien no quiere la cosa, el Ipad al pie de unas nalgas firmes en un playa imposible sin que nadie entienda qué tiene que ver lo uno con lo otro, y finalmente uno compra sin chistar el último prodigio de los gitanos del silicio. Y en efecto, es prodigioso. El nuevo artefacto cabe en el bolsillo y es capaz de cualquier cosa (yo tengo uno que me dicta finales lógicos para cuentos fantásticos, sabe dónde estoy y para donde voy, cosas que yo mismo ignoro con frecuencia, y me recuerda, insomne y exacto, que hoy se vence un plazo que fijé hace cuatro años). Aunque nada de esto es gratis y cada que usted toca estos artefactos echa a andar un contador atento y mezquino, uno se envicia y luego no puede vivir ni mucho menos viajar sin ellos; y andar con ellos es como viajar con una mascota. Hay que llevarles cables y baterías y cargadores porque a pesar de los enormes avances de la ciencia, la energía sigue fluyendo por tomas cavernarios y se inyecta por medio de cables, como en el paleolítico. No hay nada qué hacer. Temo que el cable y el toma nos perseguirán siempre aunque todo nos lo vendan con la etiqueta ‘inalámbrico’.

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