Elogio del aburrimiento

Abril 03, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

No hay nada más peligroso que la gente feliz. Nada hay más detestable. Son peligrosas porque la felicidad es una alteración del ánimo vecina del delirio y próxima a la insania. Los felices son proclives a las fiestas, las compras y los tiros al aire. Se enamoran al primer click… y el amor lleva al matrimonio, un sacramento salao que solo produce gastos, frigidez, familia política, niños, perros, plantas, divorcios y otras calamidades.Las personas aquejadas de aburrición, en cambio, no incurren jamás en estos excesos, pagan a tiempo sus facturas, riegan su jardín y centran sus energías en el trabajo. Aplican el credo de Confucio: «Consigue un trabajo que te guste y no trabajarás un solo día de tu vida».La persona «feliz» es detestable porque siempre está haciendo ostentación de algo. Como en realidad es desdichada, le encanta humillar a los demás. Si usted le confiesa que sus hijos son rebeldes, haraganes y groseros, ella le dirá: «Mis hijos no: la mayor es pianista y estudia finanzas en Londres; el menor es atleta y será biólogo molecular, y ambos son vegetarianos. Yo los crié derechitos, mijo» (traducción: usted es un pelmazo que no sirve ni pa’ levantar chinos). Si usted le confiesa que no ha podido bajar de peso porque es alérgica al ejercicio y adicta a los helados, ella le explicará que el problema es que usted tiene una voluntad enclenque. «Yo adoro el gym y la comida gourmet», dirá entornando los ojos. «Para mí una mañana sin gimnasio es como un día sin sol».Otra cosa molesta de los felices es que lo saben todo. Y no solo las cosas de este mundo sino también las del otro. Los filtros del amor, el diámetro del aura de los santos, las rutas de los extraterrestres, las virtudes energéticas del cuarzo, los pensamientos más recónditos de Dios, las leyes últimas de la causalidad… Para decir de una vez palabras fatales, «sus cerebros son tan pequeños que no les cabe la menor duda».Los aburridos, en cambio, son gente delicada. Fingen saber menos de lo que saben. Nunca pontifican. Nunca refutan con rudeza al interlocutor. Siempre atenúan sus discrepancias: «No le falta razón a usted, señor, pero recuerde que…». El aburrido acepta el dolor. No pretende que la vida sea «un océano de mermelada sagrada». Frente a la felicidad, es elegante. Por eso evita jactarse de sus éxitos y prefiere decir palabras humanas. Por eso nunca dirá babosadas por el estilo de «estoy realizado», aunque en el fondo se sienta cómodo dentro de su piel. No. Se morderá la lengua y dirá algo más poético: «La derrota tiene una dignidad de la que carece la ruidosa victoria». Algo así.Pero lo peor de los «felices» es que son unos hipócritas incurables. Jamás confesarán sus limitaciones. Si en realidad fueran felices no tendrían que andarlo pregonando en las ñoñas redes sociales (dime de que te jactas y te diré de qué careces). Si usted escarba un poquito, bajo esa máscara risueña solo hallará miserias: la faja de la señora «esbelta», la mesa sosa del vegano, el lecho helado de la «pareja ideal».Los inventos, los poemas, las canciones y en general todas las grandes obras del espíritu, son productos del desvelo de personas aburridas, porque el aburrimiento es el camino más corto a la serenidad, condición sine qua non de la creatividad y la reflexión. La serenidad es el estado ideal del alma porque la felicidad, se sabe, es una zorra arisca que no hace sino antojarnos y huir.

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