El último ritual pagano

Agosto 05, 2010 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Enternecedor el argumento de los aficionados a los toros: si se acaba la fiesta brava desaparece el toro de casta, lo que equivale a decir que ellos van a toros por amor a la ecología y a la biodiversidad. ¡Cuánta abnegación! Afirmar que con el fin de las corridas desaparecerá el toro de casta es como decir que si no volvemos a tomar sancocho se acaban las gallinas. No: si pasaran de moda el sancocho y los asaderos las granjas avícolas criarían menos animales pero las gallinas seguirían revoloteando en corto por allí, caminando en zigzag siempre, como si no quisieran llegar nunca, y soportando con gallinácea resignación los malos polvos del gallo. Eso es lo que hay, Josefina, se dirían culecas y alborotadas mas no extinguidas.Otros se rasgan las vestiduras por los empleos que se van a perder. ¿Cuántos son? ¿Mil? ¿Dos mil?Alfredo Molano, ecólogo y biodiverso, dice que las corridas no se pueden acabar porque ese es “el último ritual pagano”. Tronco de frase, sin duda. No tiene pierde: dos palabras bellas, ritual y pagano, y una dramática, último. Pero como argumento no vale un peso. Si aceptamos esa lógica habría que defender los penúltimos rituales paganos de esos sicarios que rezan sus balas, y los antepenúltimos rituales de esos africanos que les cercenan el clítoris a sus niñas y las tras antepenúltimas pedradas que les descargan los musulmanes a las adúlteras.Lo cierto es que las corridas son una cosa macabra, una tortura larga y lenta, una orgía de sangre que consiste en meterle a un animal, para que no se extinga, muchos fierros que van desde los cinco hasta los noventa centímetros, para producirle hemorragias internas y externas de varios litros de sangre hasta acabar con él por paro cardiaco y respiratorio de origen anémico. O seccionándole la médula espinal a la altura del cuello mediante la suerte denominada el descabello, en medio de los rugidos de una multitud ebria de sangre y manzanilla.Uno se pregunta cómo diablos es el alma de esas personas que se les parte el corazón cuando ven un perro sarnoso en la calle o un caballo de tiro sobrecargado pero luego vibran de emoción ante “una vara bien puesta” o una estocada certera. ¿Son corazones esquizoides? ¿Miran los perros con los ventrículos y los toros con las aurículas? ¿Con el ojo del asterisco? ¿Qué cosa retorcida hay en el alma humana para que nos parezca fascinante la foto de un cacho que entra por la garganta del torero y le sale por la boca? Que el paseíllo es una ceremonia vistosa y que los pases encierren oficio, yo no lo dudo, pero el resto es barbarie crasa, crueldad con poses de refinamiento, fealdad vestida “de uva y oro”, salvajismo con pretensiones de arte, estupidez con ínfulas de inteligencia, rezagos de Roma en las babas contemporáneas.Cómo será de horrorosa esta “fiesta” que hasta en España la están prohibiendo. Por mi parte y la del toro, que acaben con esa infamia, con ese largo bostezo porque, si nos atenemos a los críticos del ramo, de diez corridas nueve son pésimas. Es tonto pensar que debemos seguir torturando animales para que un puñado de enfermos bostece, para que mil personas tengan empleo durante una semana al año y, argumento clave, para que no se apague el fuego fatuo del último ritual pagano.

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