El sentido del ridículo

El sentido del ridículo

Julio 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Hay poses y expresiones que una persona decente, es decir, alguien dotado con un sentido del ridículo alerta, debe evitar. Ejemplos: “amante del arte”. Dejando de lado el detalle de la rimita asonante, una pequeñez que solo nos molesta a los neuróticos, esta expresión enciende mis alarmas. Si alguien te invita a una tertulia periódica, “más o menos una vez al mes... un grupo de amigos, personas cultas, amantes del arte...”, ¡corre en dirección contraria!En once de cada diez casos, estos grupos están formados por personas que escriben poemas sinceros, o dibujan bodegones figurativos, o interpretan al piano minués descafeinados, al más puro estilo cleydermaniano. (Nota: no me atrevo a asegurar que toda la poesía sincera sea mala, pero puedo jurar, por la citología de mi mujer, que toda la poesía mala es sincera).Cada performance de estos artistas está precedido, acompañado y sucedido de paréntesis para los discursos sobre el proceso de formación del “amante del arte” (mi padre nos leía todas las noches un capítulo de la Iliada) y sobre el parto de la creación propiamente dicha (cuando ensayo me visto de negro de pies a cabeza por respeto al escenario, enciendo velas de incienso...) ¿Habrá algo más empalagoso que el olor de las putas velas de incienso? Sí: los cenáculos de los amantes del arte.Otro filón que una persona de verdad delicada debe evitar, es el elogio de la virtud. El problema de los discursos virtuosos es que llevan implícito un mensaje cacorrístico, es decir, leonístico-masón-patriótico: “Yo soy virtuoso”. El que despotrica de la corrupción está diciendo entre líneas “yo soy honesto”. El que elogia la nobleza de espíritu está diciendo “yo soy noble”. El que enaltece el buen gusto está diciendo “tengo buen gusto”, olvidando que el gusto es subjetivo por definición. Por esto, frases como “es una mujer de clase” delatan al lobo y al trepador.A los sujetos “honrados” les encanta proclamar a los cuatro vientos que ellos “jamás le han quedado debiendo un peso a nadie” —como si pagar las deudas no fuera una obligación moral básica sino una prueba más de su generosidad— y que él “nunca ha pretendido las esposas de sus amigos”— una actitud cuyo mérito solo podemos evaluar correctamente después de echarles un vistazo a las susodichas.También es necesario tener agudizado el sentido del ridículo para saber elogiar a otro de manera directa. A espaldas de un poeta o de un empresario podemos desbordarnos en elogios hacia sus méritos. En su presencia, se impone la contención. Podemos decirles de frente las mismas cosas, pero la enunciación debe ser contenida, casi parca, estítica, técnica. Del vicio se puede hablar de cualquier manera. No hay manera de empeorarlo. La virtud, en cambio, exige maneras filosóficas y una prosa como la de Auguste Comte Sponville para que el mensaje no suene a ñoñez de abuelo ni a discurso de vendedor de credos o ideologías.Por eso es que los filósofos acuden con frecuencia al aforismo cínico a la hora de discutir asuntos morales. Avisados, saben que no esperamos de ellos frases tiernas. Tampoco exhortaciones al mal (faltaba más). Entonces enuncian sus proposiciones con un lenguaje retorcido y provocador. Como este de Millôr Fernández: “La prueba de que la honestidad es una virtud antinatural, es ese aire de resentidas que tienen las personas honestas”. O esta de Óscar Wilde: “La diferencia entre un capricho y un gran amor, es que el capricho dura más”.

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