El sabio de Kesswil

Diciembre 16, 2010 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Carl Jung nació en 1875 en Kesswil, pueblo situado en la orilla suiza del Lago Constanza, en un hogar pobre formado por un párroco gris y una señora fea, prosaica y arrogante. Si exceptuamos al abuelo paterno, un médico francmasón quien llegó a ser rector de la Universidad de Basilea y aseguraba ser hijo natural de Goethe, el resto de la familia no era mejor. Entre 1900 y 1909 ejerció la psiquiatría en el hospital de la Universidad de Zurich. Buena parte de este tiempo lo invirtió en la búsqueda del ‘virus de la locura’ en los cerebros de cadáveres de pacientes esquizofrénicos.Carl era un joven atlético, de hombros anchos, pelo cortado al rape, facciones netas y ojos azules, pero el conjunto resultaba inesperadamente grave. Tenía aptitudes para la pintura y leía de todo: mitología, religión, sociología, antropología; Kant, Goethe, Schopenhauer y todo lo que encontraba de un psiquiatra cuyas teorías empezaban a escocer a Europa, Sigmund Freud.Jung fue su discípulo varios años pero luego empezó a pensar por cuenta propia y a divergir de Freud. Concluyó que la pulsión sexual era sólo un caso particular del instinto de conservación, y que había otras pulsiones no menos poderosas: el poder, la creatividad, la sociabilidad, la imitación, la idealización, el heroísmo. Estaba seguro de que los sucesos del presente y los del pasado inmediato podían ser más significativos en la vida del adulto que los sucesos de la infancia. No desdeñó los ‘fenómenos paranormales’, como sus colegas, y acuñó, para tratar de explicar las casualidades, los conceptos de sincronismo y de inconsciente colectivo.Fue, después de Schopenhauer, el primer hombre de ciencia occidental que abordó en profundidad el estudio de las culturas orientales: obras literarias, religiones y filosofías, en especial el I ching, libro sobre el que escribió un ensayo luminoso que fue el primer puente que comunicó espiritualmente a Occidente con el hemisferio oscuro del planeta, al racionalismo con la intuición, a la causalidad con el azar, a la teoría de las probabilidades con los hexagramas, a la mecánica cuántica con el Tao.Murió en Küsnacht, Suiza, en 1961. Trabajaba en el desarrollo de la teoría de la función de realidad (un principio psíquico que explicaría la tendencia del ser humano de estar siempre haciendo algo para afirmar su existencia) y en la terapia de la imaginación activa, un método psicoanalítico que consiste en hacer que el paciente sueñe despierto de una manera no dirigida, con el pensamiento a la deriva (los análisis de estas divagaciones pueden ser tan fecundos como los de los sueños, pero las divagaciones tienen la ventaja de que se recuerdan mejor y se producen a voluntad).Había abandonado la práctica psicoanalítica. Era un hermoso viejo, un tanto anacoreta, que de vez en cuando cerraba sus textos de religión, alquimia o budismo zen para atender los personajes del mundo científico que peregrinaban hasta su retiro. Había vuelto a la pintura: retratos de los nietos, de un asesino de Kesswil, dibujos de mandalas y paisajes fauvistas. Dejó inconclusa una aldea medieval en miniatura, con sus bosques, casas, iglesia y castillo, hecha con piedritas de colores que él mismo había seleccionado en el río que cruza Küsnatch.

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