El regreso de los bárbaros

Noviembre 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

A pesar de que no fue un ‘palo’, la elección de Trump nos dejó fríos a los que esperábamos que los norteamericanos tuvieran un ataque de lucidez súbita y eligieran a Hillary Clinton. ¿Cómo pudo un sujeto rudo, grosero, rechazado por su propio partido, cuyas únicas credenciales son sus millones y que no ha desempeñado nunca un cargo público, alcanzar la presidencia de la nación más influyente del mundo? La respuesta es una. La política es demasiado compleja y la gente vota atientas. Para elegir bien es necesario que el elector conozca un poco de todo. De educación formal y de educación ciudadana, porque hay que educar al joven y al adulto. De geopolítica, porque el mundo es global. De ciencia, porque la tecnología está en la calle, en la vida doméstica y hasta en el interior de nuestros cuerpos. De ecología por razones obvias. De economía, por sus oscuras razones. De filosofía, porque es con ella que podemos discutir temas tan humanos y difíciles como el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, la pena de muerte, la validez de las guerras, la validez de la ‘ley de la selva’ versus las políticas sociales; solo la filosofía sabe preguntar qué tan ético, y qué tan efectivo es a largo plazo, aquello de que el fin justifica los medios. No pretendo que seamos expertos en todas estas materias, pero sí creo que un ciudadano responsable debe preocuparse por conocer siquiera la línea gruesa de estos temas, sin esperar que el Estado se ocupe de su formación política. Más aún: es un deber tener información y opiniones independientes de las que propala el establecimiento. La lección que deja el triunfo del engendro Trump, es que la formación política del ciudadano medio es francamente deforme incluso en los Estados Unidos, cuna de varios de los movimientos artísticos más significativos de los últimos doscientos años, sede de ocho universidades históricas, esos templos de la Ivy League, del Silicon Valley, la nación de los premios Nobel y de muchos laboratorios de investigación que trabajan en el frente de onda de la ciencia. La lección que deja este fiasco es que allá, como en Inglaterra, Nicaragua o Colombia, el ciudadano no está preparado para cumplir su tarea crucial, elegir con buen criterio, y que la desesperación es tanta que la gente está dispuesta a confiar en cualquier matón.¿Cómo ganó Trump? No inventó. Utilizó las viejas argucias del populismo: el miedo, caricaturizar al rival, simplificar el discurso, amarillismo, desinformación, mentiras, ojalá bien chapuceras, y promesas rimbombantes (“la grandeza de Norteamérica…”).Con Trump, la política exterior de los Estados Unidos seguirá siendo una catástrofe: TLC leoninos, bombardeos en Oriente, creación de monstruos (Noriega, Pinochet, Bin Laden, Háfez al-Ásad, Isis), políticas prohibicionistas, “guerras preventivas”, inteligencia mentirosa.Hacia el interior, la cosa es peor. Llega a la Casa Blanca un señor de la caverna profunda cuyo pensamiento (es un decir) entra en resonancia perfecta con los instintos más bajos de lo peor del pueblo estadounidense: homofobia, racismo, xenofobia, puritanismo y moralismo cínico predicado por sujetos con rabo de paja, como Trump. Los libros de biología volverán a tener, como en los tiempos de los Bush, un sticker estúpido: “La evolución natural es una teoría, no un hecho científico”.Nos llevó miles de años inventar la democracia. Hoy, luego de dos siglos, es apenas una bonita palabra.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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