El profesor y las palabras

El profesor y las palabras

Abril 19, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Las lenguas son organismos vivos. Nacen de manera oscura, sin fecha ni lugar precisos; crecen de manera desordenada, sin academia ni concierto; las pulen los siglos y las generaciones, las enriquecen los jóvenes y los viejos; florecen a punta de guerras imperiales, operaciones de comercio y obras maestras; empiezan a morir con la decadencia de los imperios que las hicieron multitudinarias, y se disgregan como brazos lánguidos de lo que fue un gran río, pero sólo desaparecen cuando muere el último de sus hablantes. La muerte de una lengua, por pequeña que sea, entraña una pérdida enorme. Con ella desaparece una manera de ser y estar en el mundo, la partitura de una música irrepetible, los detalles de una precisión estricta, las claves de ciertas fórmulas antiguas. Todas estas cosas se pierden con la muerte de esa persona anónima porque las lenguas, como nadie ignora, no son un sistema arbitrario de signos sino la manera como los pueblos sienten la realidad, como traducen sus temores y cifran sus sueños.Verticalmente hablando, las lenguas se forman bajo el influjo de dos corrientes opuestas. Una corre de arriba hacia abajo. Hablo de los vocablos y las maneras de decir que inventan los gobernantes, los hombres de ciencia, los publicistas, los empresarios. ‘Nuevo orden global’. ‘Entropía’. ‘La sensibilidad del mercado’. ‘Los países de Asia-Pacífico’. ‘La autopista de la información’. ‘Cultura ciudadana’. ‘Afrodescendiente’. ‘Los niños y las niñas’.La otra corriente, a más fecunda, viene de ‘abajo’. Son las expresiones y los vocablos acuñados por la gente de la calle en la intimidad del bar, en la algarabía del recreo, en las tertulias de las amigas, en los corrillos de las esquinas. En esta corriente hay que distinguir dos grupos muy definidos y cuyos aportes a la lengua tienen características propias. Uno es el aporte de las personas mayores, que inventan frases fraguadas en la experiencia y pulidas por el tiempo hasta la perfección. El refrán se distingue porque es indiscutible, como un axioma, y porque no le sobra una sílaba. Viene altamente comprimido como un spray, y es sintético como una ecuación.El aporte de los jóvenes está más centrado en la invención de sustantivos y adjetivos. Cómo están en la mañana de su creación, tienen que volver a nombrar el mundo todos los días y lo hacen con una diligencia que no ponen en ninguna otra tarea. Como viven bajo el imperio de la emoción, necesitan acuñar cada tres minutos un adjetivo extremo. Chévere. Áspero. Rechimba. Breve. Diabla. Garbimba. Caspa. Aletoso. O desempolvar algunos viejos, ‘espectacular’, ‘extraordinario’; o fundir estos en uno y gritar: ‘¡Extracular, marica!’. Al estudio de los aportes de este grupo le ha dedicado un libro Luis Eduardo García: El parlache, diccionario de la jerga. El volumen recopila miles de estas nuevas criaturas del idioma y reflexiona sobre el lenguaje con agudeza y lucidez. Está editado por El Bando Editores y será lanzado el 23 de abril en la Institución Educativa Técnico Industrial Pedro Antonio Molina. El autor es un sujeto anómalo: después de muchos años de trabajo, Luis Eduardo conserva intacto su entusiasmo por la docencia, su curiosidad por la investigación y el asombro ante esos pequeños y sutiles artefactos, las palabras.

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