El poeta de la casa

Marzo 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Está cumpliendo 85 años Gabo, como le decimos los confianzudos, sobre todo los que nunca lo hemos visto, los que no sabemos si aún es un señor de carne y hueso o si ya es un mito; si fue una voz personalísima de la literatura o una suerte de médium por cuya boca habló una vez y para siempre el espíritu del Caribe. O si será apenas una pálida sombra que se apaga en los blancos salones de una casa de un exclusivo barrio de ciudad de México. Quizá él mismo no lo sepa. Quizá su viejo cerebro dude y vacile por cansancio; y porque la función central de ese órgano feo y sutil es dudar. A ratos vacila, a ratos erige el más alto poema de la materia, la conciencia, y torna a dudar. “Todos desconfiamos de nuestro oficio”, dijo Borges. De nuestro oficio y de todo, por supuesto: de la amada como Otelo y del universo como Berkeley y de la lisura del piso, como los viejos.Quizá esta tarde el viejo escritor tenga la dicha de descubrir en su biblioteca un libro llamado Cien años de soledad, y exclame, sin recordar que ya alguien lo dijo, ¡caramba, son las mil y una noches latinoamericanas!Quizá le parezca normal que Úrsula Iguarán encuentre por medios puramente lógicos el anillo que había perdido Fernanda del Carpio en el cuarto de las bacenillas. En cambio, lo enternecerán hasta el llanto los esfuerzos que ella hace para que sus hijos no se enteren de que hace muchos años perdió la vista.Aunque nos deja una obra generosa, hay que lamentar que no haya escrito el segundo tomo de sus memorias, donde nos iba a contar sus encuentros con algunos de los protagonistas centrales de la segunda mitad del Siglo XX. El periodismo literario perdió así la que iba a ser su obra cumbre, muy superior, estoy seguro, a los notables trabajos de Gay de Galese y mejor incluso que A sangre fría, esa novela cuya importancia histórica es superior a su calidad literaria (está escrita en una prosa reseca; tanto, que no parece salida de la mano de un estilista tan aplicado como Truman Capote).Los críticos han anotado con prolijidad las bondades de su estilo, el vigor de su prosa y el tino de sus adjetivos (“El viejo exdictador dejó una propina estítica sobre la mesa y salió”). Los gramáticos han advertido que después de 1948 no hay en su obra un solo adverbio terminado en mente (“es la paranoia del estilo”, explicó él mismo en una página de Vivir para contarla). Los exégetas aseguran que El Otoño del patriarca es un heredero de La señora Dolloway de Virginia Woolf, y que… tal vez todo está dicho ya. Sólo resta agradecer esa obra cuyo sabor fundamental es la felicidad, esa mirada que supo encontrar significado en los hechos más simples y cotidianos, que nos enseñó que nuestros geranios no eran menos bellos que las rosas de Babilonia, que nuestros pájaros no eran menos líricos que los ruiseñores de Hungría y que “la poesía es la energía secreta que cuece los garbanzos en la cocina”.Chesterton dice que hay escritores capaces de encontrar tema y belleza en la mitología o en los grandes sucesos de la historia. Pero hay otros tan extraordinarios, asegura, ¡que son capaces de encontrar poesía hasta en su propia familia! Gabo pertenece, qué duda cabe, a este exótico grupo.

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