El oro y los libros

El oro y los libros

Abril 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Una de las cosas que le envidio al primer mundo es el precio de los libros. Hace unos años era frecuente ver en librerías grandes de Europa, como las de la cadena Fnac, diez filas de personas en sus diez cajas registradoras, en cada fila cuatro o cinco clientes, y cada uno con una canasta con varios libros, como si fueran panes. En el 2003 un libro costaba en Europa la décima parte de lo que costaba en Colombia; unos dos o tres euros de hoy. Ahora las cosas han cambiado allá, hay menos cajeras y las canastas ya no se usan, situación que no deja de producir ese mórbido frescor que corre cuando se quiebra un rico. Pero la dicha no es completa: en el primer mundo el libro sigue siendo mucho más barato que en estos pobres lares.Lo cierto es que los libros no han sido baratos nunca. En la Antigüedad, el precio más alto por un libro se pagó en la Biblioteca de Alejandría. Un día que el faraón Ptolomeo III Evergetes se ufanaba de las espléndidas colecciones de la Biblioteca, el nuevo bibliotecario, el griego Demetrio de Falero, le aguó la fiesta: Falta Esquilo, dijo. Entonces el faraón mandó una delegación a Atenas a pedir prestado el ejemplar único y sagrado del trágico que conservaban los griegos en el templo de Artemisa, pero los sacerdotes sólo accedieron cuando el faraón depositó una fianza de quince talentos. Para darnos una idea del tamaño de esta suma, Víctor Hugo nos dice que con ella podían comprarse siete caballos de carreras o treinta esclavos nubios (William Shakespeare, capítulo IV). Al faraón no le importó perder los talentos, se quedó con Esquilo e inauguró la fea costumbre de no devolver los libros. En la Apología de Sócrates, Platón dice que los jóvenes pueden conseguir por un dracma o menos Sobre la naturaleza, un libro de Anaxágoras que les recomienda. Un dracma de la época, traduce Karl Popper (En busca de un mundo mejor), “equivale a una o dos libras esterlinas de 1984”. Con el debido respeto, creo que Platón exagera. Un dracma es un precio muy bajo para una ciudad que, como Atenas, tenía un mercado de libros mucho más pequeño que el de la Roma del Siglo I d.C.En este mismo siglo, “una hoja de papiro costaba 35 dólares de 1989 en Egipto, y mucho más en el extranjero, donde tenían que importarlo” (Peter Watson, Ideas, una historia intelectual de la humanidad). El libro de epigramas de Marcial (70 páginas) se vendió en la Roma del Siglo I por 24 sestercios. Marcial mismo explica que “es posible conseguir una cena de garbanzos y una mujer por un as cada una”. Si tenemos en cuenta que cuatro sestercios hacían 18 ases, resulta que era posible agenciarse 54 cenas de garbanzos y 54 noches de amor por el precio de una copia del libro de epigramas de Marcial. Restaría por dilucidar si es que los garbanzos eran muy caros o las mujeres muy baratas en la Roma de entonces, pero éste es otro asunto. En cualquier caso, era un libro costoso: por lo menos quinientos mil pesos de hoy. El precio más alto de un libro en los tiempos que corren fue el que pagó Bill Gates por una libreta de cálculos y bocetos de Leonardo da Vinci: US $30,8 millones. El año pasado Carlos Slim le propuso comprársela para ponerla en la urna de oro y cristal que presidiría el salón central de su museo. ¿Cuánto vale? Le preguntó el mexicano. “No tiene precio”, dicen que respondió Gates, un hombre de modesta fortuna si lo comparamos con Slim. Yo tampoco la vendería por ninguna plata, querido Bill, ni por los originales de Esquilo, Anaxágoras y Marcial sumados; ni siquiera por una cena con los mejores vinos de la cava de Slim, el harén de Berlusconi y los garbanzos del Paraíso.

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