El minotauro, año 118

El minotauro, año 118

Agosto 30, 2017 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

La celebración del aniversario 118 del nacimiento de Borges ha dado lugar a muchas notas de prensa. Para no quedarme atrás, compilo aquí algunas opiniones de sus colegas. Octavio Paz, por ejemplo: “Borges dijo más, con menos palabras, que cualquier otro escritor, desde Heráclito hasta hoy”.

Sábato no lo quería. Lo consideraba un diletante, un argentino al cuadrado, un gaucho insufrible que descrestaba con aporías y citas superficiales de lo divino y lo humano, de la teología al waterpolo, y solamente valoraba la parte humilde de su obra, los poemas dedicados a Buenos Aires, los cuentos de malevos y arrabales, “el Borges capaz de conmoverse con las pequeñas cosas de todos los días”.

Harold Bloom reconoce que “Borges siempre nos hiere, pero siempre lo hace la misma manera, a diferencia de Shakespeare, cuyo arsenal de recursos es innumerable”.

Entre los maledicentes, mi favorito es Eduardo Escobar. “Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo y un significado aunque fuera inventado de las cosas, es un banco de datos elegantes, selectos. Libros sobre libros es Borges. Opio rebajado. Numismática. Heráldica. Ideario de ideas deshechizadas ya: en suma, escolástica. Sus obras, información sin entrañas, son las memorias de un bibliotecario, de un ratón cebado que finge indiferencia cuando sólo está ausente. Borges deja al lector helado bajo el peso de su bisutería. No es el escritor posmoderno que sus turiferarios veneran: apenas un modernista cultivado con más esmero que Darío. Y de mejor familia. De una sensatez irritante en un mundo dislocado. Es imposible no admirar la pericia de Borges para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza”.

George Steiner dice que los cuentos de Borges tienen dos “grietas”. 1: solo forjó una mujer creíble, “Emma Zunz”. 2: el espacio en que se mueven sus personajes es siempre mítico, nunca social. Con todo, lo considera el más original de los autores angloestadunidenses, y se asombra de ver cómo “un modelo del mundo que es fantásticamente privado salta al otro lado del muro de espejos en el que ha sido creado y modifica para siempre el paisaje general de la conciencia”.

Ciorán, la mejor pluma de la filosofía contemporánea, dijo: “Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado”.

¿Por qué tanto ruido por un aniversario más del minotauro de Buenos Aires? Las razones son varias. La primera es, claro, literaria. Sus cuentos son un ajedrez de fierro y luz, como en ‘La muerte y la brújula’, o un entrevero de reflejos de cuchillos, un alarde de coraje (‘La noche de los dones’). Sus versos saben cifrar el universo en once sílabas terminadas en -flejo. Sus ensayos, livianos y hondos a la vez, son lecciones de síntesis, juego y especulación. Pero su radio supera la esfera literaria porque trasciende, como en Sartre, Mann, Steiner o Jehová, el ámbito de las letras; el suyo es uno de los pocos nombres que son, al tiempo, un adjetivo de las lenguas (decimos borgiano como decimos kafkiano o quijotesco) y un personaje de la literatura fantástica.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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