El irresistible encanto de Facebook

El irresistible encanto de Facebook

Abril 25, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

El que esté libre de Facebook que tire la primera piedra. ¿Quién no ha tenido allí un devaneo, una primicia, un negocito o al menos un millar de amigos? Incluso personas tan serias como María Elvira Bonilla, Carlos Patiño, Eduardo Serrano, Eduardo José Victoria y Diego Martínez Lloreda, postean allí su indignación, o libros y canciones, memes y opiniones. ¿Qué mujer que se respete no se fotoshopia, sube las imágenes y empieza a adivinar en los comentarios de sus amigas la sombra de la envidia y a medir en likes masculinos su valor en la bolsa del deseo? ¿Qué varón no ha sucumbido a estas informáticas artimañas? ¿Cuál no las copia y enriquece? ¿No fue justamente la obsesión de ligar el primer móvil de la red?

Así empezó la cosa, luego adquirió complejidad, diversificó sus contenidos y se volvió ágora y mall, periódico y tv, clasificados y honduras, arte y porno, punto de comunión de la tribu, tribuna democrática y vía económica para salir del anonimato.

Ayer, Facebook tenía más de dos mil millones de usuarios y era omnipotente, un agujero negrísimo, el sumidero por donde se iban al carajo dos mil millones de horas-hombre cada hora, esas multitudes que holgazanean día y noche en las redes, pero también era capaz de movilizar un pueblo y hacer brotar en el desierto y en pleno invierno la más espléndida primavera.

Hoy, su poderío está en entredicho. Los comerciantes al detal, como yo, empezamos a notar que los avisos pagos no son tan efectivos como antes. Y pesos pesados, como Procter & Gamble, propietario de decenas de marcas famosas y el mayor anunciante del mundo, denunció que las campañas de publicidad de la empresa dirigidas a públicos específicos (el gran plus de Facebook) habían resultado inocuas. Traducción: el jovencito Zuckerberg les había estado insuflando viento por el fondillo a los más veteranos y sagaces CEO de las más poderosas multinacionales.

Luego vinieron cargos morales. En febrero, el director de mercadeo de Unilever dijo que su empresa “no invertirá en plataformas ni entornos que no protejan a nuestros niños o que dividan la sociedad y promuevan el odio y la ira”.

La gota que rebozó la taza fue Cambridge Analytica, el escándalo que reveló que Facebook le había vendido a esta empresa los datos de millones de usuarios de Facebook debidamente tipificados. Por ejemplo: ricos, jóvenes y solteros; o negros, místicos y veganos; o adultos, viudos y lascivos. ¿Qué hacía Cambridge con estos nichos? Les vendía cosas. O personas. O ideas. O fábulas. Al primer grupo, por ejemplo, le vendía yates, diamantes y putas de lujo. Al segundo grupo, libros de autoayuda y comida orgánica. Al tercero, viagra y pañales, y a todos noticias falsas para que compraran las fábulas que anunciaban el inminente arribo de las bestias del apocalipsis moderno: la Unión Europea, Isis, la paz, los demócratas, el castrochavismo, la epidemia gay…

No hay duda, Facebook es un ejemplo insuperable de innovación: primero crea una red para que la gente arme redes de amigos y ligue en red. Luego les dice a los mercachifles: “¡Vengan, les tengo millones de zonzos clasificados por edad, manías y zoncera!”, e insufla viento en fondillos first class. Y ahora les dice a los líderes del mundo: “Aquí les tengo millones de dóciles fondillos. Insúflenles vuestras porquerías”.

Cuando lo acosan, el jovencito promete crear unos algoritmos buenos que controlen a los algoritmos malos con los que nos ha insuflado los fondillos a millones de facebuqueros.

Chapeau, míster Zuckerber!

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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