El insecto y el profesor

Abril 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

El 14 de febrero de 1911 Albert Einstein se tropezó con un insecto en una calle de Praga, concretamente frente a la Farmacia El Unicornio, cerca a la Plaza de la Ciudad Vieja. Einstein no le dijo nada porque los físicos teóricos no acostumbran hablar con animales, y el insecto por su parte estaba demasiado azorado para farfullar siquiera una disculpa. El insecto (¿hay que decirlo?) era Franz Kafka, cuando era un insecto más, no el monstruo que llegaría a ser.Esta es la versión oficial del encuentro entre estos dos personajes pero yo no me la trago. ¿Cómo iba ignorar ese insecto a un señor tan apuesto como Einstein? ¿Y cómo podía ignorar Einstein a un insecto de orejas tan enormes como Franz? Tampoco creo que se hayan tropezado por accidente. Todo fue una pantomima para intercambiar algo, un teléfono, dos hemistiquios, una llave, algo. O rabia. Seguro intercambiaron rabia. O ese miedo que flotaba en las comunidades judías por las noticias del inminente arribo de los bárbaros.Estoy seguro de que se ya se habían visto antes, quizá en los pasillos de la Universidad Karl-Ferdinand, donde Einstein enseñaba herejías y Kafka estudiaba derecho. Y si ya Einstein era Einstein, y si Kafka nunca fue tonto del todo, y si lo fue y se sobrepuso hasta convertirse en el caso de superación personal más impresionante de la historia, ¿cómo fue que no advirtieron que sólo la fuerza gravitacional de la historia pudo arrastrarlos al mismo punto para que juntos tramaran una revancha monumental?No digo que se hayan sentado a conspirar, a armar células y bombas como dos posesos. Pero deben haber intercambiado algunas palabras por escrito o de viva voz.“Estoy harto de Newton”, por ejemplo.“Tal vez sea hora de reordenar el alfabeto”, contestó el otro.“Yo prefiero un Martini”, dijo el primero. “¿Y usted?” “Le vendo un seguro”.“Se lo cambio por un fotón nuevecito”.“¿Por qué?”“Porque me molestan las ideas de Newton. En su santa simplicidad se imagina que el universo es un mecanismo de relojería y Dios su relojero”.“¡Recórcholis! El universo debe ser algo más sutil. Un pensamiento de lógica retorcida… un relato sin tiempo…Ese día se repartieron las tareas: el primero se ocupó de la realidad matemática, el segundo de las pesadillas controladas. El insecto puso el nudo en todas partes y el desenlace en ninguna, y enloqueció las brújulas. Einstein sacudió el cosmos. Demostró que un metro no siempre era un metro ni un segundo un segundo, y que los viajes al pasado eran cosa del futuro. El insecto nos contagió sus culpas, hizo que los críticos hablaran lenguas y escribió una carta que le borraría la sonrisa a setenta generaciones de padres. Sin embargo, Einstein murió arrepentido. Al final se sintió un bicho repugnante. Kafka se arrancó una pata para que no lo siguieran llamando insecto (lo hace para sobresaltar, dijeron sus enemigos). Desde entonces se arrastra penosamente hacia la inmortalidad. Cada día, dice la leyenda, avanza la mitad de la distancia que lo separa de la puerta del castillo de la gloria. Siempre la mitad, ni un milímetro más.

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