El factor Borges

El factor Borges

Julio 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Por estos días se han realizado en el mundo mil eventos para extrañar a Borges, y los eruditos nos han desenredado con paciencia sus laberintos pero nadie se explica aún cómo es posible que un autor tan complejo goce hoy de tal popularidad en el mundo entero. Cómo logró que le perdonáramos tantas cosas políticamente incorrectas: ser godo, argentino y racista; hacer sonetos y escribir de espaldas a su entorno y a su tiempo. Como si fuera poco, la cuota de participación de las mujeres en su obra está muy lejos del 30% de ley. Si mis cálculos no fallan, creo que son apenas seis: la Helena de Troya, la Beatriz de Dante, Emma Zunz (la autora de un crimen perfecto), ‘la intrusa’ (asesinada por sugerencia de la madre del escritor), Ulrica, la alta muchacha que tuvo una aventura con un profesor colombiano, la viuda Ching (pirata) y una tal Matilde: “Yo, que tantos hombres he sido, nunca fui aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Los críticos asumen que una de las razones del ‘fenómeno Borges’ estriba en su universalidad. En medio de tanto escritor que sólo atiende su negocito, los lectores agradecen la aparición de un señor que tenía en su boca lenguas vivas y muertas, que fatigó (el verbo ya es suyo) varias literaturas, que se ocupó de malevos y teólogos, de detectives y filósofos, de santos y geómetras.En medio de tanto escritor engolosinado con el sonido de su propia voz, los lectores simpatizan con este señor que le encantaba compartir sus lecturas y presentarnos nuevos autores. En medio de tanto escritor con más vanidad que talento, agradecen las teorías de este señor que consideraba la literatura un ejercicio colectivo, un libro escrito y limado por las generaciones. O como lo dijo él mismo al frente de una colección de poemas suyos: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”. Todas estas razones son intrínsecas a Borges. Atributos suyos. Pero puede haber al menos una razón ajena: la popularidad de una obra tan sofisticada prueba que el público no es esa masa estúpida que menosprecian los programadores culturales, los editores y los directores de los medios de comunicación. Borges es la mejor prueba de que, cuando la erudición va de la mano de la agudeza, cuando la exhaustividad es reemplazada por la síntesis, cuando las jergas pedantes dejan el sitio a la buena prosa, el lector promedio puede seguir razonamientos complejos y obras sutiles. No deja de ser una ironía que en una época de escritores tan vitales y comprometidos como García Márquez o Saramago, el mundo real se parezca más al libresco universo de Borges. O para decirlo en palabras de George Steiner: “Estamos frente al milagro por el cual un modelo del mundo que es fantásticamente privado salta al otro lado del muro de espejos en el que ha sido creado, y llega a cambiar el paisaje general de la conciencia de su tiempo”. (George Steiner en New Yorker, ‘Tigres en el espejo’, Fondo de Cultura Económica, 2009).

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