El facho y el camarada

El facho y el camarada

Mayo 23, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Toca, hay que hablar de las elecciones. Si es verdad que la paz es un viejo anhelo y que el posconflicto es el desafío central del país, Humberto de la Calle era el hombre. Pulcritud, claridad conceptual, equilibrio, conocimiento íntimo del proceso de paz y de la cosa pública… pero cometió dos errores gruesos: el primero fue la consulta liberal de noviembre, un suicidio anunciado. El segundo fue aceptar órdenes de César Gaviria, un dinosaurio que le apuesta por debajo de la mesa a Duque y quiere enterrar a Cristo, De la Calle y Serpa con la ilusión de que el-bueno-para-nada de Simón Gaviria reine sin obstáculos en el partido y sea presidente de la República en 2022. La docilidad de Humberto de la Calle ante el manoseo de Gaviria, es decepcionante.

Nadie está más preparado que Germán Vargas para regir los destinos de la nación. Tiene la experiencia, el músculo político, la maquinaria, las mañas, los gamonales y una insensibilidad social a toda prueba. Si alguien puede sostener forcejear con el Congreso, con los contratistas y con el sirirí de Uribe, es Vargas. Lo único que no puede enfrentar es el problema número uno: la corrupción. La considera inevitable, los días pares, y necesaria, los impares. El posconflicto, el desarrollo rural y la ecología le importan un pepino. La JEP le pareció inaceptable hasta hace dos semanas, cuando recibió la adhesión de un sector del Partido de la U.

Petro tiene la mejor narrativa de país, la más moderna, la más social. Solo hay una razón para no votar por él: ya demostró que es un inepto de banda ancha. Conmueve a “todos y a todas” con una lengua que mezcla proclamas gaitanistas y poesía de la Nueva Era. Pero no es Chávez. No tiene las cartas que tenía el coronel. Ni Colombia es Venezuela. No es que Petro no quiera ser Chávez, es que no puede.

Con el joven Duque viviremos la decrepitud del Uribismo III: la intolerancia, las sectas, el horror paraco, el estilo camorrero, las persecuciones a los magistrados, a los periodistas, a los líderes de las ONG y a los subdotados de los pueblos, las posverdades y la posibilidad de que su jefe cumpla el sueño de declararle la guerra a Venezuela, un desafío que Maduro aceptará encantado. Duque es un funcionario de segundo nivel al que se le apareció la virgen (casi digo el diablo). Tiene un libro sobre economía naranja, tema que nunca toca. ¿Se lo escribirían? Lo ignoro. No sabemos nada de Duque, solo que obedece a un sujeto del que sabemos demasiado.

Sin ser una luminaria, casi por descarte, queda Fajardo. Tiene dos banderas claras y cruciales, que no son de ahora. Sus administraciones en Medellín y Antioquia son ejemplo de probidad y de interés por la educación. Tiene un equipo sólido, el mismo con el que ha trabajado durante 20 años. Sus propuestas y sus antecedentes le han ganado el aval de críticos tan inflexibles como Mockus, Robledo y Claudia López, el apoyo de una parte del Grupo Empresarial Antioqueño y de intelectuales y científicos tan destacados como Rodolfo Llinás y Hernán Moreno (Columbia), de los exrectores de la Universidad Nacional Ignacio Mantilla y Moisés Wasserman, y de periodistas como Héctor Abad Faciolince, Daniel García Peña, Daniel Coronell, Pirry, Mauricio García Villegas y Daniel Samper Ospina.

Quizá alguien así, tranquilo, honrado y ejecutor, es lo que el país necesita. Con Fajardo podemos matar dos pájaros de un tiro, al mesías-facho y al mesías-camarada.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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