El espejo y la moneda

El espejo y la moneda

Febrero 21, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Cuando me preguntan por qué escribo ensayos, nunca sé qué decir. El primer impulso es contestar “porque sí… porque me gusta”, pero entiendo que la gente espera que un escritor sepa dar cuenta, al menos, de los asuntos relacionados con su oficio. Entonces ensayo respuestas. A veces digo que hago ensayos para pensar con cierto orden en algunos temas. Otras veces, digo que los hago porque no sé hacer aforismos, una suerte de ensayos brevísimos escritos por unos miniaturistas que saben dar cuenta de la introducción, el desarrollo y la conclusión de un asunto complejo, en una sola línea.Otras veces, cuando amanezco feliz por algún desarreglo del sistema nervioso, el optimismo cunde como una fragancia balsámica, siento que todo lo puedo y que escribimos ensayos para enriquecer los debates, para pensar tribalmente, para que la democracia deje de ser una bonita palabra, el mundo se salve y la civilización prevalezca.El resto del tiempo, hago mía la frase de Chesterton: “Mis enemigos saben que puedo escribir un libro a la menor provocación”.Por alguna de estas razones hice, con El Bando Creativo, El espejo y la moneda, un libro donde el lector encontrará un capítulo sobre ‘La moda’, una industria que me interesa por su incesante creatividad, porque constituye un “imperio efímero” (Lipovetsky), porque la moda pasa y queda, como los ríos, y porque es una suerte de geometría sinuosa y frívola que cubre el cuerpo de la mujer sólo para resaltar sus formas y hacerlo aún más inquietante.En el capítulo ‘La ciudad’ incluí reflexiones sobre las primeras ideas del hombre primitivo, sobre los metales (el puñal, el arado, el espejo, la moneda), la invención de la belleza, el nacimiento de la individualidad y la aparición de la ciudad, artefacto y laberinto, perímetro de leyes y trampas, de fuentes, jardines y cloacas. La ciudad… cuna, y tal vez tumba, de la especie humana.En ‘El número y la cosa’ hay artículos relacionados con la historia de los libros, las ‘partículas’ últimas de la materia, la matemática y la Universidad.‘Sombras exactas’ contiene cuatro biografías de hombres anómalos: el hermoso pirata digital Steve Jobs, el cocinero Leonardo da Vinci, Baruch Spinoza, “un hereje ebrio de Dios”, y Tomás de Aquino, el santo que soñó la imposible combinación de lógica y fe. Hay también aquí una fábula sobre el encuentro de Kafka y Einstein, y un ensayo sobre los genios precoces. Alguien dijo que Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre. Me gusta esta frase por su tersura y porque siento que los ensayistas de divulgación hacemos un trabajo similar: procuramos que el hombre de la calle puede acercarse a la obra del genio. Somos una especie de carteros que llevan mensajes complejos en lenguaje amable. Si me lo permiten, les diré que no puedo imaginarme un oficio más lindo, humilde y necesario.P.D.: Recibí con mucha emoción la solidaridad del periódico, de mis colegas y de cientos de lectores ante la tutela impetrada contra La Plana por el gobernador del Valle. Para ellos, para la juez Yolanda Arboleda y mi brillante abogado Juan José Saavedra, toda mi gratitud, es decir, “la memoria del corazón”. Quedan, pues, notificados los príncipes: al periodismo se lo rectifica con obras, no con leguleyadas.

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