El empalagoso espíritu de la Navidad

Diciembre 22, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

No hay una época del año más complicada que la Navidad. “Es como tener el corazón latiendo a la intemperie”, para decirlo con palabras de Horacio Benavides. Primero, porque es una época que está signada por la infancia y los benditos villancicos, esas canciones a veces ñoñas, a veces tiernas pero siempre nostálgicas porque nos recuerdan ese paraíso… al que nadie quiere volver. Todos quieren ser jóvenes de nuevo pero nadie quiere ser otra vez niño, la edad en la que siempre hay alguien que te machaca, el matoncito del barrio o el de la escuela, los padres, los hermanos mayores. De día te joden los sapiens y de noche los fantasmas. El niño nace malo y la sociedad lo remata. La fábula de la pureza del “alma de niño” es un cuento chino. Esas almitas son una cacharrería de antojos, un desván de horrores y un arsenal de patrañas; un vórtice egoísta, en suma.Segundo, la familia. La Navidad es “tiempo de familia”, una institución fatal (todas, no solo los Uribe Noguera). La familia es horrible porque es todo y nada, útero y telaraña, complicidad y recelo. No la puedes odiar con todo tu corazón porque tienes muchas pruebas de su nobleza. No la puedes amar sin prevenciones porque la conoces demasiado. Una familia es una amalgama intrincada de heridas y caricias, de besos y puñaladas. Es por esto que uno no concibe la Navidad sin familia. Ni en familia. Para pasar esas dos noches tremendas, la del 24 y la del 31, son necesarios por lo menos tres clanes. Pero de todas maneras, los jóvenes huirán a la medianoche de la sofocante calidez del hogar, y los mayores se dirán cosas feas un poco después, como en cualquier fiesta familiar de cualquier película que se respete. O evitarán los temas importantes y se aburrirán en santa paz.Tercero, la Navidad es cara, sí o sí. “Gastar o gastar, esa es la respuesta”, como decía la tía de Hamlet.Cuarto, hay que ser feliz. Uno puede ser desdichado todo el año y nadie se entera, ni siquiera el cónyuge, pero en Navidad hay que permanecer exultante, lascivo, glotón, pantagruélico, iridiscente y alto, como árbol de Navidad de Centro Comercial. A pesar de todo, jugamos a ser la mejor versión de nosotros mismos: a ser generosos, buscar a los amigos, querer a los parientes, en una palabra, a ser niños otra vez, a peinar nuestras alas marchitas y a brillar la opaca sonrisa. Y lo logramos siquiera parcialmente. La Navidad es un lindo ritual y la especie respeta los rituales porque nos permiten sentirnos parte de la tribu aunque sea por un rato.Además, celebramos el natalicio del mayor mago del mundo. Mago desde chiquito: nadie olvida que de sus manos volaban pájaros de barro, que transformó en serpiente la correa de su madre ni que un día los techos de los recaudadores de impuestos amanecieron cubiertos de ratas. Tampoco olvidamos su prodigioso performance ante los doctores del templo, pero sobre todo recordamos que, cuando Pilatos hizo un gesto y Jesús desapareció, Él hizo un gesto invisible y Roma fue el Vaticano. Por más ateo que uno sea, Dios insiste. Siempre. Especialmente en Navidad.Por mi parte, me rindo. Desde ya me ofrezco en sacrificio, como Él. Daré regalos, mezclaré licores caros y baratos, engulliré platillos demasiado aliñados con especias americanas y orientales, recibiré abrazos y desearé, de manera casi sincera, feliz Navidad al pobre y al villano, incluso a los fachos, esos hijos de Luzbel, seguramente, o de alguna otra deidad ebria o irascible.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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