El día que Mutis lloró

Septiembre 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Cuando Gabo se fue a vivir a México D.F., ni los vecinos se enteraron. Cuando llegó Álvaro Mutis, en cambio, la ciudad cayó a sus pies. Alto, bello, talentoso, divertido y con una chequera de la Esso en el bolsillo, era virtualmente imbatible. La condesa y escritora Elena Poniatowska lo describe así: “Es el salvador de las fiestas. Seduce a la Duquesa de Altamira, a la Marquesa de Villamarcilla… Sus carcajadas levantan la fiesta como las burbujas al champagne, y nada le gusta tanto a una mujer como sentirse espuma... Cuenta chistes, imita a Cantinflas, habla de Goethe, de Brigitte Bardot y de las Misas Negras. Declama en francés y dice adivinanzas en slang. A los europeos les habla de Siam y a los sudamericanos de Europa. Posee lujosas y muy raras ediciones limitadas. Con Octavio Paz habla noches enteras sobre las relaciones entre la mística y el porvenir del hombre. También a Paz lo seduce. Tiene con qué. Cosmopolita, culto, sensible, bondadoso, mundano, es el rey. Nada se le atora. Su charme derrite. Álvaro Mutis parte plaza. Cruza los salones como un acorazado y su risa y sus ojos son rompevientos, rompeolas, rompecorazones...”.Una de las derretidas fue ella misma, la condesa Poniatowska, pero Mutis apenas reparó en ella.Después la fiesta se complicó. Mutis desfalcó a la Esso (lo que será delito mas no pecado) y fue a parar a la cárcel. La condesa empezó a visitarlo y Mutis la descubrió con sus nuevos ojos de presidiario. Carlos Fuentes decía que era una mujer corriente, “ni fea ni chula”. Juan José Arreola juraba que era “el conjunto piernas-culo-rostro-cerebro mejor balanceado del distrito”. Lo cierto es que ella siguió visitándolo y Mutis se enamoró locamente. Entonces la condesa se sirvió el plato frío de la venganza y lo traicionó con Luis Buñuel, un amigo común. La cornada casi lo mató. El día que Mutis lo supo, contó uno por uno los remaches de los paneles de la celda: 4.746 exactamente.Dicen que Mutis nunca se repuso de este golpe. Que la veía en todas partes, que veía sus zarcillos en los lóbulos de las orejas de Ana la cretense, sus ojos azules atisbando lejanías en el muelle de Buenaventura, el pelo minucioso ondeando en los recuerdos del hombre de la gavia, sus labios húmedos en el rostro de la proxeneta Ilona Garbowska; que vio su lengua articular obscenidades en un hotelucho de Sumatra, sus ropas en el cuerpo de una hetaira de Chipre, su naricita aspirando el pecho umbroso de Buñuel, sus calzones estrujados por los dedos urgentes de un oscuro estibador, las rayas rojas que sus uñas almendradas dejaron en la espalda de un hombre sin rostro, sus pechos cimbrando bajo las arremetidas salvajes del Estratega, el insoportable perfil de sus nalgas en el marco de la ventana en un crepúsculo amazónico, su rostro sepultado en la almohada en una eternidad de doloroso placer...Yo la conocí en una cafetería de la feria del libro de Guadalajara. Hablamos de libros, claro. Seguía esbelta y casi victoriosa sobre el tiempo. En un rapto de valor le pregunté si era cierto que había tenido un romance con Mutis. “Todas las mujeres de la ciudad soñamos alguna vez hacer mutis con Mutis”, dijo con una sonrisa luminosa y traviesa. Y no dijo más. Condesa es condesa.Dicen que siempre hay algo de ella en todas las mujeres de sus libros.

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