El coraje de María

El coraje de María

Agosto 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Quizá no haya un acto humano más importante que la muerte. Si la vida es preciadísima, es porque un día la perderemos. Disimulando los nervios con un estoicismo furioso, Borges dijo: “Si hay algo después, la muerte es una broma estúpida”. Cuando el cielo se pone gris, William Ospina se da ánimos: “Hasta el más cobarde cruzará esa puerta”. Y en el libro de la muerte, el capítulo más complejo es el del suicidio. Frente a “la muerte por mano propia”, las otras “pelonas” palidecen. A través de la historia, el suicidio ha sido un acto de libertad, una prueba de honor o un gesto heroico. No hay una sola línea del Antiguo Testamento, ni del Nuevo, que censure el suicidio de Sansón; ni el de Saúl, ni el de Judas. La cosmogonía central de Occidente, el cristianismo, está fundada sobre un suicidio. Acosado por los fantasmas de los miles de niños degollados por Herodes (según Camus) o movido por la urgencia de redimirnos del pecado original (según Las Escrituras) Jesús desafió a los sacerdotes judíos, provocó a las autoridades romanas, incitó la delación de Judas y se recostó sobre la punta de la lanza de un legionario hasta encontrar al fin reposo en la cruz, la máquina infame. Muchos siglos después, un soberbio concilio de arzobispos decidió que Dios repudiaba a los suicidas y prohibió que sus cuerpos fueran enterrados en camposanto. Hay varias teorías que tratan de entender el milagro de que un puñado de españoles haya derrotado a los aztecas, pero Octavio Paz descree de todas estas explicaciones: “Ni el genio de Cortés -dice-, ni la superioridad técnica (ausente en la Batalla de Otumba), ni la defección de aliados y vasallos, hubieran logrado la ruina del Imperio Azteca si éste no hubiera sentido de pronto un desfallecimiento, una duda íntima que lo hizo vacilar y caer. Entonces el Imperio se suicidó”. (La Conquista). Doy este rodeo para evitar lo inevitable. Hace tres años una niña muy amada y muy sensible, se arrojó desde el balcón de un piso quince. “Cuando bajé hasta el primer piso y la vi en el asfalto -cuenta Alejandro, su padre- Dios, que había bajado conmigo, me puso una mano en el hombro y con la otra en la boca me preguntó asustado: Y ahora, ¿qué vamos a hacer?”. Un año después Alejandro García se matriculó en el Taller de Escritura Comfandi para escribir lo inexpresable, o para entender lo ininteligible, o para intentar una catarsis (como diría el buen Aristóteles) o para encontrar en las letras la respuesta que Dios buscó en su hombro ese día tremendo. Al final, Alejandro encontró mil preguntas irresolubles y armó con ellas el volumen ‘Cuando te gustaban las cosas’, un homenaje desgarrado y contenido a la vez, una inmersión audaz en el foso más oscuro de la filosofía, una expedición temeraria por los laberintos de la historia, por los laberintos de la psicología y selvas antropológicas. ‘Cuando te gustaban las cosas’ es una suma de voces estremecidas y valientes a la vez. A las siete de esta noche presentaré en Promédicos, en la avenida 6A con 22 norte, el libro de Alejandro, la torre de palabras que erigió para su niña, un poema casi tan bello como ella. Ojalá sepamos comportarnos él y yo esta noche. Ojalá no se nos quiebre mucho la voz. Ojalá nos acompañen el coraje de Angélica, la madre, y el coraje de María, la hija.

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