El caso del profesor

Diciembre 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Ha ocurrido lo impensable: la renuncia de un profesor se volvió noticia nacional. Que esto ocurra en un país que produce escándalos gordos todos los días, es un suceso feliz. El asunto fue así: el profesor, escritor y editor Camilo Jiménez decidió renunciar a su cátedra de ‘Evaluación de textos de no ficción’ en la Universidad Javeriana de Bogotá, porque sus estudiantes no supieron resumir en un párrafo cierta lectura propuesta por el profesor. Su renuncia se volvió noticia, porque Jiménez es conocido en el medio intelectual, porque su carta es equilibrada y está escrita con una mezcla precisa de ironía y dolor (v. el blog ‘El ojo en la paja’) y porque lo normal en Colombia es que a los profesores universitarios los boten a patadas de sus cátedras (léase “empleos temporales”), no que renuncien.Jiménez dice que el pobre resultado de sus estudiantes lo descorazonó, especialmente, porque son jóvenes que han viajado, tienen banda ancha, varios semestres de vuelo encima más 12 años de colegio y “han tomado más Milo que aguapanela y comido más lomo con ensalada que arroz con huevo”.Además, no les pedía mucho: “… ortografía, sintaxis. Y normas elementales de cortesía: claridad, economía, pertinencia”. Jiménez cree que internet tiene parte de la culpa. “Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee, que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook”.Tiene razón Jiménez. El Icfes y las Pruebas Saber ya habían desnudado la dramática falencia de nuestros estudiantes en comprensión de lectura. Y no hay que ser muy agudo para deducir que los resultados en redacción tienen que ser peores.Es decir que el problema era conocido, pero se necesitó una puesta en escena dramática, la renuncia del profesor, y un artículo muy bien escrito, para que el tema saltara al primer plano.Los estudiantes deberían tomar nota de este caso. Ellos, y todos, debemos recordar que es con palabras (habladas o escritas) como nos relacionamos con el otro. Que para entenderlo debemos primero callarnos. Que es con palabras que injuriamos, seducimos, vendemos, compramos y pedimos. Que es con ellas que ordenamos nuestras ideas y redactamos nuestros proyectos. Que leer y escribir no son privilegios de ciertos excéntricos, sino derechos elementales de todas las personas. Y no es que todo el mundo deba fatigar bibliotecas, ni escribir con brillantez, sino que todos deberían tener una relación tranquila y eficaz al menos con su lengua materna. Cualquiera debería ser capaz de entender un texto bien escrito y de redactar con claridad un pinche resumen. Es torpe, por decir lo menos, desaprovechar la riqueza de ese antiguo y poderoso instrumento que nos ha tocado en suerte, la lengua española.

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