El caco y el estrato

Mayo 19, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Una amiga rubia y esbelta se queja: “Antes, de los buenos carros descendía gente bonita. Hoy los manejan unos tipos feos, negros, gordos”. Su padre le hace coro: “Antes los alcaldes y los gobernadores eran gente conocida” (conocida de él, naturalmente). El Procurador dijo la semana pasada que la elección popular de alcaldes y gobernadores no dejaba un buen balance. Diego Martínez Lloreda está de acuerdo: “Si por mí fuera -aunque me acusen de ser más godo que el Procurador- de un plumazo acabaría con esas elecciones”.Son opiniones de cuatro personas de buena familia y suenan convincentes, sobre todo en estos momentos de carruseles, los Nule, las Epeeses, etc. Pero adolecen de dos inconsistencias: la primera es que no se apoyan en estudios estadísticos. La segunda es que parten de un presupuesto odioso: que los gordos negros tienen menos derecho a robar que los blancos esbeltos. ¡Horror!Es verdad que a Cali le ha ido mal con los alcaldes populares. Pero también es cierto que les ha ido bien a Pasto, Medellín, Bucaramanga, Barranquilla, Cartagena y Bogotá (al menos hasta la llegada de Samuel Moreno).Es verdad que el índice Gini, un indicador de la desigualdad social, ha aumentado en Colombia de los 80 para acá, pero es una tendencia enmarcada en un fenómeno mundial cuyo primer responsable es el neoliberalismo, como hasta el BID reconoce (Tony Judt, Algo va mal, Taurus, 2010).Yo no puedo afirmar que los líderes de las clases altas sean más honrados que los líderes populares. Escribir en un diario conservador no me autoriza a emitir opiniones clasistas. Si las administraciones populares parecen más corruptas que las aristocráticas, es sólo porque ahora los medios denuncian más. Antes, el chanchullo no se ventilaba. Los periódicos eran muy sesgados porque eran órganos oficiales de los partidos. “El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal, y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”. Los columnistas eran todos del mismo color del periódico. Los noticieros de televisión estaban en manos de hijos de expresidentes. Se decía que El Tiempo ponía y quitaba presidentes. En realidad sólo los ponía, nunca los quitó. “No tumbemos al Presidente, mijito, porque de pronto se nos cae encima”, decía el finado Hernando Santos.Ahora las cosas han cambiado. Los medios ya no pertenecen a las castas políticas sino a las multinacionales, unas entidades que entienden las ventajas de rating y credibilidad que les reporta fiscalizar la gestión pública y destapar escándalos políticos… y tapar sus propios negociados. Las multinacionales saben que reemplazar ministros es fácil. Recuperar la confianza de la gente en un banco, en cambio, es una empresa lenta y costosa.“La justicia de hace 60 años era tan corrupta como la de hoy”, dice Yamid Amat, un señor que ha visto correr agua bajo el puente (María Isabel Rueda, Casi toda la verdad, pág. 215).Hay un viejo chiste contra los médicos que se formula como un problema estadístico: cuando un médico muere, ¿el índice de mortalidad sube o baja? Los maledicentes creen que baja. Aplicando esta misma lógica, y aceptando que la corrupción es un desastre sea cual sea el estrato del caco, hay que reconocer que existe un atenuante cuando el caco es de extracción popular: el índice Gini baja.

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