El buen traqueto

Mayo 17, 2017 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Circula una compilación de ensayos literarios de profesores de Univalle realizada por Hernando Urriago y María Mercedes Ortiz. Se destacan las piezas de Darío Henao, Alejandro López, Álvaro Bautista y James Cortés, y un prólogo muy grácil de Urriago, prueba de su íntimo trato con el género. Exceptuando el gran tamaño de la caja, es una linda edición bajo un título inmejorable, Miradas oblicuas.

En el ensayo ‘El buen traqueto: violencia y narcotráfico en Quítate de la vía, Perico, y Comandante Paraíso’, el Ph. D. Óscar Osorio, experto en la interfase literatura-violencia, se ocupa de estas “dos novelas que sostienen, por diversos mecanismos textuales, una posición pro-narca”. La primera es de Umberto Valverde y la segunda de Gardeazábal, dos escritores que nunca han ocultado su antipatía hacia el establecimiento.

Quítate de la vía (2001) abarca las últimas cuatro décadas del Siglo XX y está contada por un narrador protagonista, el propio Valverde, que registra con su bien entrenado oído, el ambiente de discotecas, orquestas, bailarines, cantantes, mujeres caras y capos históricos: Benjamín Herrera, el Papa Negro, Jaime Caicedo, el Grillo, y los hermanos Rodríguez, que aparecen tras el púdico seudónimo de “los hermanos González”.

La filosofía del narrador es simple, coincide con la de ese submundo y descansa sobre dos postulados tiernos: uno, la única mujer fiel es la mamá. Dos, hay que “ganarle a la vida”, es decir, en paráfrasis de Osorio, “coronas un embarque, vuelves a Cali, llevas la mujer más bella a la discoteca de moda y eres feliz”.

Hay dos momentos que parecen escritos por un enemigo de Valverde. Cuando escucha la noticia de la muerte del ministro Lara Bonilla, magnicidio que estremeció al país, el narrador-enemigo comenta: “Apenas comenzaba la noche y, claro, la fiesta debía continuar. Me tiré a la pista para abrazar a Roxana”.

Otra noche, estalla una bomba en la discoteca Los Compadres. Más de veinte heridos. Más de veinte personas en shock, contusas, sangrando, y el narrador protagonista se levanta, se sacude el polvo y anota: “Nos miramos, entendimos que no queríamos acostarnos. Estábamos prendidos y contentos, a pesar del susto. Eran las cuatro de la mañana y nos fuimos a Juanchito a seguir festejando”.

La violencia corre por cuenta de los narcos de Medellín o del norte del Valle o del Bloque de Búsqueda. El Cartel de Cali es un organismo glamoroso, exportadores pujantes, industriales, ajedrecistas incluso, “no más de diez personas que se divertían mamándole gallo a quien se lo permitiera”. Así ve Valverde la estructura criminal que secuestró, asesinó, falsificó moneda, traficó cocaína, prostituyó dos generaciones, enloqueció la brújula moral, retorció la torcida clase política y complicó hasta el delirio los problemas del país.

El otro ardid del escudero Valverde consiste en acusar a los acusadores. “Y los ricos ahí, intocables. Socios de los duros, vendieron muy bien fincas, apartamentos, hijas. Pero siguen ahí, con su doble moral, robándose el Estado, denigrando en el club de ese cáncer del narcotráfico que le hizo daño a la ciudad”.

Buen intento, Umberto. Pero el hecho de que buena parte de la sociedad haya sido culipronta y casquivana, no convierte a los hermanitos Rodríguez en filántropos mamagallistas. Lo que sí queda claro es que usted, como cronista del América y analista social de la ‘Cali nostra’, fue un notario solícito del Cartel.

Nota: La próxima Plana se ocupará de la delirante distopía de Gardeazábal.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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