El brujo y el científico

Agosto 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Tuve el viernes pasado el honor de presentar ante la comunidad académica el número 36 de El hombre y la máquina, la espléndida revista de la Universidad Autónoma. Aproveché la ocasión para recordar un descubrimiento de François Jacob: “Los brujos y los científicos se parecen: ambos quieren explicar fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles”, explicó un día el médico francés, el mejor divulgador de ciencia y humanidades que hayan leído mis ojos.Claro que existen diferencias de fondo. El científico busca las leyes que rigen el mundo. El brujo jura que pueden torcerlas. El científico avanza paso a paso. El brujo conoce atajos. Aunque hoy los científicos se consideran de mejor familia y los brujos se creen más poderosos, lo cierto es que en la antigüedad eran indistinguibles. En la escuela de los pitagóricos, demos por caso, se mezclaban el rigor del teorema y la arbitrariedad del conjuro. El profesor podía, en medio de una clase sobre los sólidos perfectos, digamos, recordarles a sus alumnos que no se debía mear de cara al sol. Los pitagóricos podían guardar silencio por meses o discutir con vehemencia sobre la suerte de Hipasio de Metaponto, condenado a muerte por divulgar el secreto de la construcción del dodecaedro regular. Sabían enunciar verdades transparentes: el sonido de una cuerda pulsada es más agudo cuanto más corta es la cuerda; o repetir ciegamente proposiciones oscuras: no se debe caminar nunca sobre pedazos de uñas o cabellos (la prohibición de mear frente al sol la copiaron los pitagóricos de los egipcios: era una señal de respeto al dios Ra).Mucho más acá, en el Siglo XVII, los dominios del brujo y del científico aún se traslapaban de manera maravillosa. De noche, Kepler acechaba planetas y descubría sus elipses. Durante el día, calculaba horóscopos para el rey Matías. Brujo y poeta, Cristopher Marlowe escribía dramas sobre el mito fáustico y sobre la vida de Tamerlán, y asistía a la Escuela de la Noche, de sir Walter Raleigh, un círculo donde el estudio de la naturaleza alternaba con la magia y el ateísmo, una posición que estaba íntimamente ligada a la hechicería. Si el señor inquisidor quería demostrar que cierto parroquiano era brujo, le bastaba con demostrar que era ateo. Hoy tendemos a pensar que es al contrario: que los creyentes están más cerca de la brujería que los escépticos.Los físicos, entonces llamados filósofos naturales, conversaban sobre imanes y espejos con los nigromantes. De los crisoles de los alquimistas salió un oro inesperado: la química. Los cabalistas y los herméticos estudiaban matemáticas. Los geománticos sentaron las bases de la mineralogía. Aunque en los siglos siguientes los caminos del brujo y el científico divergieron, aún es posible encontrar puntos de convergencia, momentos en los que no sabemos si estamos frente a un modelo científico o ante una fábula mitológica. El big bang de la astrofísica, por ejemplo, que hace surgir de la nada el espacio, el tiempo, las partículas, las estrellas, las piedras, las flores y los pájaros, es una teoría descaradamente mágica. Un universo que sale de la nada es un acto tan místico como el de un dios eterno que se saca el mundo de la manga de su túnica inconsútil.

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