El banquero, el publicista y el pastor

Marzo 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

En una encuesta reciente, le preguntaron a un grupo de intelectuales latinoamericanos cuáles eran las instituciones más inútiles del mundo. Sorpresivamente, las elegidas fueron la democracia, la escuela y el matrimonio. Quizá tengan razón.Aunque nadie quisiera regresar a otras formas de gobierno (monarquía, feudalismo, tiranía, esclavitud), es claro que la democracia ha sido cooptada por la plutocracia. El ‘cacao’ compra presidentes, el presidente compra senadores, el senador compra concejales, el concejal compra líderes de base y el líder compra votos al menudeo. Mientras los electores no dejen su afición por el tamal y entiendan siquiera el ABC de la política, la democracia seguirá siendo una bonita palabra.La escuela, ese hermoso mecanismo de transmisión de la herencia cultural, lleva una eternidad tratando de enseñarles a los niños a dividir y a leer (de escribir no hablemos). La verdad es que los jóvenes salen de la escuela esféricamente ineptos… y ambiciosos. Lo quieren todo: oro, sexo y estimulantes (que no es una mala terna) pero no saben hacer nada para merecer ese nirvana.El matrimonio es una metamorfosis invertida que coge la mariposa del noviazgo y hace el gusano de la pareja. El matrimonio fractura la sociedad en familias, produce frigidez y otras disfunciones, popis de perro y niños, los ovoides malcriados que la escuela volverá esferas perfectas.Pero lidiaremos con esta terna mientras no inventemos algo mejor que la escuela para transmitir el conocimiento, que el matrimonio como incubadora de ovoides, y la democracia como sistema de administración de la cosa pública (o la “cosa nostra”, como diría un magistrado).Interrogados por los negocios más infames, los intelectuales respondieron: la banca, la religión y la publicidad. Sus razones fueron estas.Los bancos, la verdadera ‘enfermedad holandesa’, son una especie de alquimistas al revés: transforman nuestro oro en cobre, y cobran en moneda dura la realización del prodigio. Tienen la sartén por el mango y van de largo.Las religiones son una idea satánica. Ideadas por los sátrapas de la Antigüedad, alcanzaron su punto más alto con la invención del ‘monoteísmo ético’ en la Edad Axial (700 – 400 antes de Cristo). Como es imposible ponerle un policía a cada ciudadano, y luego otro policía a cada policía, la religión descubrió que lo mejor era meter un policía en la cabeza de cada ciudadano (imposible imaginar una idea más perversa y eficaz). Sobre este engendro cabalga el pastor, un señor que lee el pensamiento de Dios y cobra mucho menos que el banquero. Pero el banquero y el pastor son almas de Dios si los comparamos con el publicista, mago de magos. La publicidad lo da todo a cambio de una bicoca. Belleza en tres untadas. Inglés y mandarín mientras duermes. Esbeltez en 45 minutos. Dientes blancos en un blanquiament.Los tres, el banquero, el pastor y el publicista, explotan la fragilidad de nuestro sistema nervioso: el primero promete cuidarnos el bolsillo, el segundo el alma y el tercero el cutis. Con semejantes guardianes, no es raro que terminemos con el bolsillo al revés y con acné en el alma.Los tres estafan a pleno sol pero, por alguna razón, al único que odiamos es al banquero. Nadie demanda al publicista. El gordo, el feo y el cacuso ensayan pacientemente nuevas pomadas. Las almas de los réprobos no atormentan al pastor. Al esforzado banquero, en cambio, lo maldecimos sin piedad, en lugar de agradecerle por librarnos del oro, el estiércol del demonio.

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