El arte de la injuria

El arte de la injuria

Junio 13, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Como nadie ignora, Paul Valéry fue el último hombre que lo supo todo. Erudito omnívoro y prosista exacto, abría los congresos de médicos y arquitectos en París, les enseñaba los secretos de Leonardo a los críticos y los meandros de la historia a los historiadores, y prologaba libros de matemáticos ilustres… “Es un honor inmerecido presidir esta asamblea…”, empezaba. “… Soy sólo un amante desdeñado, señores míos, por esta materia que ustedes conocen de manera íntima”, proseguía y a continuación les asestaba una lección fulgurante sobre la bendita materia. También omnívoro y también estilista, Emil Cioram no podía no admirar a Valéry. Y la admiración, se sabe, es una envidia que no se atreve a decir su nombre. Solo un hombre así, sabio, prosista y envidioso, podía escribir esas tres páginas tituladas Valéry y los estragos de la perfección. Cioram empieza confesando que en su juventud no leyó a Valéry, “sólo me interesaban los filósofos y su jerga. Valéry era un dios que no me preocupaba en absoluto, al que no hacía el más mínimo caso”, hasta el día que leyó por casualidad este jirón de frase: “… el sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada”. “Esta magnífica trivialidad fue la que me llevó a leer a Valéry, al prosista, por supuesto”, escribe el insidioso rumano. Y pasa a descalificar al poeta, por supuesto (en otro artículo más extenso, Valéry frente a sus ídolos, despachará también al prosista). El argumento que utiliza para descalificarlo es extraordinario: “El pecado de Valéry es su idolatría por las palabras”. Semejante paradoja exige una explicación, y Cioram la entrega puntualmente: “Valéry hizo del lenguaje su dios, se entregó a él como todos los que, incapaces de rozar siquiera la esencia, se aferran a sucedáneos. Escogió las apariencias, se convirtió, él, tan atento al matiz, en un fanático del verbo, o, si se prefiere, de la forma”. Con elegancia suma, Cioram insinúa que Valéry es un profesional, es decir, un versificador sin alma, pero utiliza palabras más delicadas (entre poetas, ‘profesional’ es un adjetivo rudo y descalificativo). Para comentar un poema del francés, dice: “Abro La joven parca. Malestar incalificable ante tanta elaboración hiperconsciente, artificial, penosa en grado sumo (que le exigió una centena de borradores). Por más que lo intento, no puedo continuar. ¿Releeré El cementerio marino? No: es demasiado perfecto”. No satisfecho con colgar en su sala la cabeza más notable de Francia, intenta segarlas todas. “La indigencia de la poesía francesa en general es casi trágica Por todas partes ese gusto desastroso por la perfección, por la perfección vacía, a causa del cual perecerá”. (Nótese el insidioso ‘casi’, utilizado aquí para insinuar que estamos ante una indigencia apenas tragicómica; para negarle incluso un destino trágico). Del artículo de Cioram podemos sacar la fórmula del arte de la injuria: ser sabio para entender totalmente el contexto del objetivo, admirarlo mucho para leerlo con detenimiento y placer, tener buen pulso para que la mano siga con fidelidad el dictado del pensamiento y, sobre todo, obligar a la envidia a expresarse siempre de manera decente, rutilante y sinuosa. Por ejemplo: “Valéry es el representante más destacado del crepúsculo de Occidente”.

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