El arco de Ernesto

Octubre 24, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Todo comenzó cerca de Sevilla, Ohio, hacia 1920, en la granja del señor Roth. Su hijo Ernesto, un muchacho de 16 años, le ayudaba con el cuidado de las porquerizas. En su tiempo libre, Ernesto hacía tallas: gallinas, cestos, rastrillos. Pronto sus figuras se hicieron populares en la región y los Roth tuvieron un ingreso extra.Alguien le aconsejó al señor Roth que pusiera al muchacho en la Escuela de Artes de Sevilla. Él lo pensó dos veces porque no quería quedarse sin porquerizo, y sin el dinero de las tallas, pero finalmente su mujer lo convenció y Ernesto pisó por vez primera un aula de clase.En cuanto descubrió la pintura, ya no quiso saber más de tallas, oficio que de repente le pareció demasiado rústico. A las dos semanas hizo una copia tan fiel de ‘El Jardín de las delicias’ que los profesores se asustaron y lo pusieron de inmediato en el bus de Nueva York con una carta dirigida al director de una prestigiosa academia de pintura, y el óleo del ’Jardín’ enrollado bajo el brazo. El director de la academia lo recibió con frialdad y le explicó que «el arte es algo más que copias. En el mundo debe haber varios miles de personas capaces de hacer algo así –dijo señalando el óleo sin mirarlo– pero en toda la historia de la pintura sólo hay un Hyeronimus Bosco». Furioso, Ernesto salió dando un portazo para regresar quince minutos después con un retrato a lápiz del director que sorprendió a todos. «Es notable –dijo el director sonriendo por primera vez–. Inexpresivo pero notable. Es la mejor línea que he visto por aquí en muchos años. ¿Le gustaría pasar una temporada en Nueva York por cuenta de la academia?».Ernesto asistió a clases durante un semestre sin tocar los pinceles. Toda su atención estaba concentrada en la observación de las sombras de las cosas y en los gestos de las personas. Cuando su profesor de dibujo le pidió cuentas, cogió el retrato del director, le trazó una línea en la frente y se lo presentó. El profesor quedó estupefacto. No era un retrato del director: ¡era el director!Ese mismo día se decidió que Nueva York ya no tenía nada más que ofrecerle y una semana después Ernesto partió para Florencia.Allá lo recibió Massimo Ucelli en persona, quien se sorprendió de que en Nueva York siguieran obsesionados con la línea cuando todo el mundo sabía que el futuro estaba en el color. El porquerizo descubrió entonces la paleta con tal fineza que podía decir, tras una sola mirada, si el rubor de esa mejilla era producto del pudor, el ejercicio, el vino o la pasión. En Florencia pasó dos años. El segundo lo dedicó al desarrollo de una tarea obsesiva: la difuminación de una franja de color. Era una curva ocre de cinco centímetros de ancho en el arranque, que se angostaba y confundía con el beige del fondo del lienzo de manera tan gradual que resultaba imposible señalar con exactitud dónde terminaba. Ernesto aseguraba que la curva terminaba en un punto literalmente euclidiano, esto es, “lo que no tiene partes”.Maestros de toda Italia desfilaron mudos ante el cuadro pero Ernesto ya no estaba ahí. Una vez puesto a punto el arco, perdió de repente el interés en la pintura y regresó a las porquerizas de su padre. Tenía 19 años. En adelante llevó una vida perfectamente gris.

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