Educación y popis

Educación y popis

Enero 03, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

La carta de renuncia de un profesor ha logrado medio conmover a los zombis de la educación. En cada una de las 587 palabras de la carta de Leonardo Haberkorn, profesor de comunicación de la Universidad ORT de Montevideo, se siente su vocación, su equilibrio, su dolor.

“Después de muchos, muchos años, hoy di mi última clase. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla. Me cansé de hablar de cosas que me apasionan a muchachos que no pueden despegar la vista del teléfono… Quizá me desgasté mucho en el combate. Quizá no lo hice bien”.

Luego hace una lista de las limitaciones de sus estudiantes. No saben explicar qué pasa en Venezuela, ni en Siria, ni quién es Almagro, ni si los republicanos estadunidenses son más o menos conservadores que los demócratas.

La culpa, claro, no es de los celulares. Ni exclusiva de los estudiantes.
“Estos muchachos son inteligentes y cálidos, y sin embargo no saben lo hiriente y ofensiva que es su actitud. La culpa no es solo de ellos. La incultura y el desinterés no brotaron solos”.

Tiene razón, profesor. Los formó un modelo universal de mediocridad: la promoción exprés, profesores apáticos y padres de familia ignorantes. ¿Cuál puede ser el porcentaje de hogares en cuya mesa se sostienen conversaciones interesantes? ¿Cinco por ciento?

“En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con la noticia de que todavía se venden diarios y revistas en las calles”.

“Cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni está informada de los sucesos del mundo”.

“No quiero ser parte de ese círculo perverso. Renuncio. No soporto el desinterés. No soporto el silencio helado que oponen a mis preguntas. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Ellos querían que terminara la clase. Yo también. Renuncio”.


A la pésima educación, hay que agregar un fenómeno criminal: la desinformación. Los populistas hacen su agosto asperjando mierda en aerosol, o posverdad que llaman. Con argumentos chapuceros triunfó el Bréxit y se torpedea el mayor proyecto de integración internacional de la historia, la Unión Europea. Con economía chapucera un sector de Cataluña quiere desmembrar a España. Con discursos chapuceros el patán de Trump ofende a las mujeres, a los latinos, a los musulmanes, apoya a los supremacistas blancos y niega la existencia del calentamiento global. Con mentiras chapuceras los populistas colombianos aseguran que el país de Uribe, Santos y Luis Carlos Sarmiento le será entregado a la guerrilla.

¿Qué dicen ante este desastre los educadores y los líderes del mundo? Nada. Guardan bovino silencio, como los alumnos del profesor, o se engolosinan hablando de tecnologías y de Finlandia, o trampean inscribiendo en el Icfes solo sus mejores estudiantes, al estilo de algunos colegios de Cali, como el Diana Oese, o se limitan a regatear prebendas laborales, como Fecode y sus ilegibles publirreportajes. De tarde en tarde, alguien programa un seminario sobre los contenidos del pénsum, sobre qué y cómo debemos enseñar, pero nunca se formula la pregunta central: ¿Para qué educamos? ¿Vamos a formar sabios, capataces, miIlonarios, empresarios o líderes? ¿No será hora de intentar cosas sencillas y vitales, como que el estudiante sepa leer, que sea un buen ciudadano, alguien capaz de ser solidario, de fracasar y levantarse, de conversar en la mesa, leer el periódico o pegar un botón? ¿Es mucho pedir?

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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