Duelo de magos

Enero 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Narrativamente hablando, el mejor libro de la Biblia es el Éxodo. Permítanme recontar aquí, a mi manera, el comienzo de la historia. Una tarde en que el faraón Ramsés II despachaba viandas, doncellas y asuntos de estado, lo interrumpió un secretario para anunciarle que “una alimaña” solicitaba audiencia. “Es un hebreo tartamudo que lleva cuatro días tirado a las puertas de palacio”, dijo. El faraón lo hizo pasar. Alto, fornido y con una barba enmarañada que le comía el rostro, la alimaña era el líder de los hebreos, pueblo que había peregrinado desde Mesopotamia hasta Egipto siendo expulsado de todas partes porque era, según se rumoraba desde el Mediterráneo hasta el Éufrates, una plaga más que un pueblo. En Egipto fueron recibidos con los brazos abiertos porque los hombres del Nilo andaban cortos de esclavos. Planeaban obras monumentales y vieron en ese pueblo errante una ganga de mano de obra.Muchos años malvivieron allí los hebreos fabricando adobes con barro y paja, y reproduciéndose como conejos pero ya estaban hartos de eso (de los adobes), y un día decidieron marcharse. Claro, tenían que salir por las buenas porque estaban desarmados y el ejército egipcio era temible. Esta era la verdadera razón por la que el hombre de la barba enmarañada venía a pedir licencia para ir con todo su pueblo hasta el monte Horeb, a tres días de camino, y ofrecer sacrificios a su dios. El faraón, que era joven pero no tonto, les negó el permiso. Entonces el hombre lo miró con altanería y azotó contra el suelo su cayado, que rebotó dos veces y se animó de repente convertido en una serpiente gruesa que retorcía su cuerpo escamado a los pies del faraón. Entonces los magos del faraón arrojaron también al suelo los cayados, que al instante se engrosaron, animaron, escamaron, retorcieron y se tragaron la serpiente del hebreo. Para vengarse del susto sufrido, el faraón agobió al pueblo hebreo con labores más pesadas y humillantes.Pero el hombre, que era terco y tenía ojos bellos de místico o lunático, volvió a palacio a solicitar la licencia y el faraón volvió a negársela. Entonces el hombre clavó en él sus ojos firmes, como de espejo, y le dijo: “Mete tu mano en mi pecho”. Al ver que el egipcio vacilaba el hombre lo azuzó con una sonrisa burlona: “No temas, no anido culebras aquí”. Careado, el faraón metió su mano morena entre los pliegues de la túnica burda y estrujó al hombre pero un gritó de horror brotó de sus labios cuando la sacó: estaba blanca como la lepra. Al gritó de horror del faraón acudió uno de sus magos, besó la mano de su señor y al instante volvió a ser morena y fuerte.“¡Basta ya de juegos! –vociferó la barba enmarañada–. Hasta ahora usé sólo mis propios poderes pero en adelante obraré animado por la potencia del Dios de Israel. En su nombre y por el bien de tu pueblo te conmino a que nos dejes marchar. Si te niegas, plagas sin número caerán sobre Egipto y hasta tu propio hijo...”. Moisés no pudo terminar su discurso porque los guardas nubios lo sacaron de la sala del trono y lo arrojaron a la calle mientras el faraón abría y cerraba, nervioso aún, su mano morena y joven.

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