Después de La Habana

Junio 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Ha sido muy criticada la declaración del presidente Santos en el sentido de que, si fracasan las negociaciones de La Habana, las Farc se convertirían en guerrillas urbanas. Muchos analistas consideraron que era una metida de pata y que el Presidente utilizaba el mismo lenguaje terrorista y chabacano de la ultraderecha. Ignoro cuál es el plan B de las Farc, pero no me parece descabellada la hipótesis del Presidente. Es una posibilidad que cualquier estratega (y cada ciudadano) debe sopesar.Los memes han estado mejor que los analistas han estado: “Si las conversaciones fracasan, las Farc pondrán ventas de arepas en cada esquina y montallantas por todo el país”.También le han criticado la otra declaración: “Si la guerra continúa, subirán los impuestos”. No sé qué le reprochan a esta obviedad. Es apenas natural que la guerra es más cara que la paz, y lo más probable es que este gobierno ‘castro-chavista’ le cargue el mayor peso tributario del conflicto a la clase media, como ha venido haciéndolo, y que el Estado siga favoreciendo, igual que en los últimos cien años, a los industriales, los contratistas, las multinacionales y los bancos, como cualquier Estado neoliberal que se respete.¿Y si se firman los acuerdos en La Habana? Hay varios escenarios. Uno: se acaba la guerra con las Farc pero los dueños de los privilegios económicos sabotean todas las iniciativas en pro de la justicia social, reciben el apoyo de la plutocracia internacional (como lo recibió recientemente, de sectores del congreso estadounidense y del gobierno sueco, una farmacéutica a la que le importa un comino la salud de los diabéticos colombianos) y las cosas siguen más o menos igual que ahora.Dos: pese a la mezquina oposición de las fuerzas del caso uno, los acuerdos se aplican, se abren de manera lenta canales de participación política a sectores tradicionalmente excluidos, se ponen en práctica medidas que estimulan el desarrollo rural, mejora un poco la distribución de las tierras en particular y de la riqueza en general, y al cabo de veinte o treinta años tenemos un país habitable y con buenos índices de desarrollo humano.Tres: la firma de un simple papel en La Habana despierta una oleada espléndida de solidaridad internacional, el mundo recuerda los exitosos casos de reconciliación en Irlanda y Sudáfrica, el PIB aumenta tres puntos, sale a relucir lo mejor del espíritu nacional, los billones de oro y de odios de la guerra se emplean en la reconstrucción del país, los escépticos se entusiasman y meten el hombro, los predicadores del apocalipsis se mueren de rabia y se clavan su ponzoña en los oídos, las tribunas que durante años se utilizaron solo para el insulto y la calumnia se convierten en escenarios de debates razonados, el Ejército se reduce y se convierte en una policía civil, los académicos y los hombres de empresa dedican sus días y sus noches a inventar nuevos modelos de salud, educación y producción, y en diez años el país alcanza estándares de bienestar a la altura de su riqueza.Usted dirá que sueño y deliro, que mi ingenuidad es exótica y mis cálculos cuentas alegres. Yo le respondo que prefiero acariciar sueños a incubar pesadillas; que puesto a escoger, prefiero ser ingenuo y no demasiado avispado, y que las cuentas alegres ayudan a vivir mucho más que los cálculos macabros.Y que de todos modos, incluso en el caso uno, tendremos un país un poco mejor que el que tenemos ahora.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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