De mesías y caudillos

De mesías y caudillos

Marzo 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

La Asamblea Nacional de Venezuela acaba de aprobar por mayoría absoluta la realización de un referendo revocatorio contra el presidente Nicolás Maduro. Es el primer paso de un proceso que será largo y difícil porque Maduro es ducho en ardides, maniobras cantinflescas pero funcionales, operaciones que logran prolongar los estertores del comatoso régimen, como el Parlamento Comunal, esa asamblea paralela que se inventó en diciembre para torpedear el trabajo del Legislativo, el único poder que no controla. Otra “madurada”: hace veinte días el Tribunal Supremo de Justicia cortó de un plumazo la potestad de la Asamblea para investigar casos de corrupción a alto nivel político y decidir sobre la legalidad de las apresuradas designaciones, después de las elecciones parlamentarias de diciembre, de los 34 magistrados con los cuales el chavismo completó la captura del poder judicial. Ramos Allup, el presidente de la Asamblea, llamó “la sentencia del miedo” a este sainete del TSJ. El Parlamento Comunal se cayó porque en ninguna parte, ni siquiera en Venezuela, podía funcionar semejante circo. Y también se caerán los nombramientos de los magistrados porque violan varios artículos constitucionales, y “la sentencia del miedo” porque fue aprobada por cuatro magistrados del TSJ, cuando la ley dice que deben hacerlo al menos cinco de los siete magistrados que lo componen (esto indica que hay fisuras en ese tribunal, por fortuna). Maduro aprendió el arte de la arbitrariedad de su maestro Hugo Chávez, que lo usaba día de por medio. Como en 2008, cuando el opositor Antonio Ledesma fue elegido alcalde de Caracas. Sin rubor alguno, Chávez se inventó un “Jefe de Gobierno de Caracas”, cargo al que le transfirió las competencias del alcalde. Pero la arbitrariedad y el irrespeto por las instituciones y los derechos ciudadanos no son un invento de Chávez, por supuesto. Es una característica secular de los déspotas y los caudillos. Para ellos la democracia es un estorbo, la Constitución un conjunto de articulitos, la libertad de prensa una joda y la desgracia de millones de personas una anécdota, una página que “debemos pasar en aras de los intereses superiores de la patria”. Porque el caudillo es, sobre todo, un animal retórico. Con su labia, las armas y el oro del Estado convence a la masa de su genialidad. Luego las masas se prosternan en olas nacionales de adoración, lo convencen de que es divino y el sujeto se vuelve esquizoide. También es paranoico porque lo acosan los fantasmas de sus víctimas y los sentimientos de culpa de sus trapisondas. Cuando algún disidente terco grita: “El sátrapa está desnudo”, el sátrapa responde que el disidente es loco. O comunista, oligarca o gay. O ateo. Cuando las voces disidentes se multiplican, corre a explicar que es víctima de una persecución política. Cuando el mundo entero lo señala, entonces comprende que existe una vasta conspiración, que el mundo lo envidia porque es genio y divino. El caudillo ama las soluciones de fuerza porque la inteligencia y el debate le producen erupciones en la piel. Odia a los homosexuales porque es un protomacho. Odia el pensamiento laico porque él es un enviado de la divinidad. Odia a las minorías porque sueña con un país uniforme, poblado por androides sumisos. Los espíritus simples creen que el caudillo es indispensable para la vida; como el carbono, digamos. Olvidan que el mundo giraba antes de que el primer caudillo infestara la tierra, y que los pueblos crecen cuando se derrumban sus pedestales de barro.

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