Cien años relativos

Diciembre 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Una noche Newton leyó a las carreras en la Royal Society un manuscrito que tenía un título bello y ambicioso: Principios matemáticos de filosofía natural. Como quien dice, el todo más tres cuartos. La prisa era porque Robert Hooke estaba a punto de arrebatarle la gloria del descubrimiento de la teoría de la gravitación, y porque Leibniz le llevaba una ventaja infinitesimal en la carrera por la invención del cálculo. Esa noche Newton se salió con la suya: alcanzó a Leibniz y superó a Hooke con ocho caracteres graves: F = GMm/d2, la fórmula que rige las trayectorias de la piedra y la estrella, que mantiene redonda la Luna y lacias las colas de los cometas.Pero en realidad Newton nunca conoció la naturaleza de la fuerza de gravedad y siempre creyó que su velocidad de propagación era infinita. Hoy sabemos que se mueve a la velocidad de la luz pero todavía ignoramos su naturaleza. Su supuesta esencia, el gravitón, sigue siendo una eminencia virtual.En 1915 Einstein publicó unos papers que decían, en síntesis, dos cosas: que las leyes físicas tenían validez universal, y que todas las mediciones (longitud, tiempo, velocidad, masa) dependían de la velocidad del observador. Una afirmación absoluta y otra relativa. Al final pesó más la espectacularidad de la segunda y los divulgadores bautizaron el conjunto como “teoría de la relatividad”. En lo que hace a la dinámica de altas velocidades, la teoría de Einstein introdujo correcciones importantes en la mecánica newtoniana.Los corolarios de la relatividad garantizan que la masa de los cuerpos crece con la velocidad, que la velocidad rejuvenece, que un metro no siempre es un metro ni un segundo un segundo, que la luz tiene masa, que el universo es finito y curvo; que dos sucesos simultáneos, vistos desde A, pueden ser asincrónicos vistos de B; que unos gramos de cierto mineral pueden iluminar una gran ciudad, que ese mismo milagro puede borrar para siempre un pueblo, un continente con todos sus hombres y sus obras, sus ríos, sus montes y sus fieras.¡Caramba, era una teoría asaz herética! Si no lo quemaron, fue solo porque los sacerdotes ya habían perdido entusiasmo.Don Alberto fue mal marido y peor papá. Traicionó a su mujer con una prima de ella y descuidó la educación de sus hijos (uno de ellos murió abandonado en un sanatorio). Pero bueno, algo tiene que salir mal. Uno no puede corregir a Newton, lidiar con los excéntricos colegas cuánticos, coger el tiempo por la cola, hacer plástico el espacio, descubrir que la masa es energía condensada y criar mocosos a la vez. ¡Por favor! Cuando huyó de la caza de judíos nazi, Einstein se refugió en Estados Unidos. Allí conoció a Kurt Gödel, el lógico austriaco que había descubierto que la matemática no sacaba cinco en todo (teorema de incompletitud). Iban juntos a ver películas de vaqueros y luego desvariaban horas enteras en la cafetería del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Ambos tenían el cerebro rayado por los enormes esfuerzos realizados. Gödel andaba con tapones en los oídos y no comía nada porque temía ser envenenado. Einstein trabajaba en un delirio, la búsqueda del campo unificado, la “teoría del todo” de su tiempo.A su muerte, los médicos trocearon el cerebro de Einstein pero no encontraron la piedra de la inteligencia, así como Einstein no encontró nunca la constante cosmológica ni Newton el valor de G. O como los académicos suecos, que no entendieron la relatividad y le dieron el Nobel de 1921 por el descubrimiento del efecto fotoeléctrico.

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