Capote, o el estilo

Capote, o el estilo

Junio 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Junto con Keats y Rimbau, Truman Capote es uno de los raros casos de escritores que nacen. Los demás son hechos a mano. Comenzó a escribir a los ocho años. A los 24 publicó la novela Otras voces, otros ámbitos, la crítica inglesa lo ovacionó y desde ese mismo momento se convirtió en un niño terrible, el Andy Warhol de las letras, el invitado central de las fiestas de aristócratas bohemios y pederastas millonarios que caían rendidos ante ese pequeño rubio de mirada azul, voz chillona y conversación inteligente. En 1967 publicó a Sangre fría, novela que lo hizo millonario y le granjeó la gloria literaria y social. Para celebrarlo dio una fiesta legendaria en los anales de la alta sociedad norteamericana, una bacanal que reunió lo más selecto de tres continentes en los salones del Hotel Waldorf Astoria. En el centro, presidiendo el aquelarre como un animal bello y sagrado, Truman Capote, o el estilo. Viajó por el mundo con la lúcida Jackie Kennedy, esnifando con Oona O’Neill, quien aún no ha caído en las garras de Charles Chaplin, y llorando sobre los hombros de Lee Radziwill, que aún no era princesa, y de Gloria Vanderbilt, que lo sería siempre. Albert Camus editó su primera novela para Gallimard; Yukio Mishima y Jean Cocteau dormían con sus libros y a veces con el mismísimo autor. Tennessee Williams era su compañero de ‘cacerías’ en bares de muchachos; Carson MaCullers y Karen Blixen lo leían con devoción. Trabajaba duro: sexo, fiestas, viajes, escritura. Quería dominar “un repertorio de fórmulas y alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador”. Como este ritmo de vida era insostenible sin estimulantes, los usó todos: vodka, whisky, coca, valium, codeína, dilantina… y muchachos, por supuesto. Admiraba a Proust. Quizá por esto concibió el proyecto de hacer un libro que fuera la gran crónica de la sociedad estadounidense, y empezó a escribir Plegarias atendidas, una obra que sería el equivalente americano de En busca del tiempo perdido, el gran fresco de una sociedad rica, moderna, imperial y decadente. Por alguna razón, el trabajo nunca marchó a buen ritmo y Capote vaciló. Quizá algo falló en su cerebro. O en su corazón. Quizá adivinaba que esos muchachos que se metían en su cama iban tras su dinero y solo veían en él un gordo viejo. Quizá sufría del desánimo de los que alcanzan la gloria temprana. Después de la cima ¿qué? Cuando todos pensaban que estaba acabado, escribió, Música para camaleones: retratos, cuentos, una novela corta, reportajes y hasta una auto-entrevista. Todos magistrales. ¿Cómo pudo escribir algo así un hombre perdido en las brumas del licor y las pastillas, un señor que decía incoherencias en los estrados y tropezaba y caía y pasaba mucho tiempo en los sanatorios? Nadie se lo explica. También resulta incomprensible –quizá injusto sea la palabra– que después de escribir tantas páginas llenas de humanidad –sus cuentos de navidad, el retrato del abuelo, Harpas de hierba, “Una hermosa criatura”– entre el público quede una imagen suya frívola y cínica. Fue frívolo, sí, y también cínico, a la manera de los moralistas irónicos, pero es injusto desconocer que el cinismo era la única manera que le quedaba a un inteligencia tan retorcida como la suya, que su obra es de una seriedad que asusta, de una bondad que conmueve y de una belleza que ya la quisiera el mismísimo Wilde.

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