Brindis por un viejo sátiro

Abril 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Hugh Hefner, el dueño de Playboy, nació en 1926 en un hogar puritano de Arkansas. Era tartamudo y se comía las uñas pero su CI marcó 152. Cursó psicología en dos años y medio en la Universidad de Illinois y recibió un doctorado en sociología de la Universidad de Northwestern en 1950 con una monografía sobre las leyes sexuales norteamericanas. “Había normas tan increíbles como una que prohibía el sexo oral entre marido y mujer”. Con todo, había circunstancias favorables: la penicilina había disipado el temor a las enfermedades venéreas y estimulado la actividad sexual; el reemplazo de los botones por cremalleras facilitó el asalto y la seducción, y multiplicó las tasas de natalidad; se estaban estrenando los condones de látex, más finos y baratos; el Informe Kinsey revelaba que uno de cada dos hombres y una de cada cuatro mujeres era infiel, que el 70% de las mujeres no conocía el orgasmo y que nueve de cada diez hombres se masturbaba. El futuro sátiro y pornógrafo vivía, pues, en una sociedad puritana, hipócrita y mal ‘tirada’. Era el hombre preciso en el lugar y el momento apropiados.A los 26 años renunció a su empleo en un periódico, consiguió un préstamo de US$ 600, invirtió 500 en la compra de la foto donde Marilyn Monroe exhibe sobre un lecho de seda roja las delicias que perdieron a magnates, presidentes, dramaturgos y héroes de béisbol, y la puso en las páginas centrales de una revista que bautizó con el nombre de un auto caro: Playboy. El resto es historia. El tiraje creció como espuma y Hefner se convirtió en un hombre muy rico que controlaba su imperio desde el penthouse del rascacielos de la revista, el centro de erección de Playboy Enterprises. Era un salón insonorizado cuyos cortinajes permanecían corridos y sus lámparas encendidas. En el centro había una cama de dos metros y medio de diámetro, y en el centro de la cama, enfundado en una bata de seda roja, con una botella de Pepsi en una mano y la otra en los botones de una consola que lo controlaba todo, Hugh Hefner, el macho cabrío.Por esa cama pasaron muchas de las mejores obras del Creador, como Cindy Crawford, con su rostro vagamente andrógino y un cuerpo de vértigo, y otras tan feas como Pamela Anderson, una masoquista con pinta de zorra del bajo mundo, senos de caricatura, labios de succionadora industrial y éxito inexplicable. También pasaron por esa oficina personajes como Salvador Dalí, Tennessee Williams, John Lenon, Oriana Fallaci, Yasser Arafat, Carl Sagan, Martín Luther King, Ian Fleming...En los años 70 Playboy fue sacudida por escándalos mayúsculos y estuvo al borde de la quiebra pero logró capotear el temporal bajo la dirección de Christie Hefner, su hija mayor, una doctora en literatura inglesa, tan brillante y lasciva como su padre, que centró todas sus energías en la recuperación de la imagen de Playboy, y lo logró. Y ahí va, con la misma fórmula ideada por Hefner en 1953, sexo y buen periodismo, el único matrimonio en que su dueño cree. Se considera un cruzado, un hombre de ciencia que lucha a falo partido “contra leyes absurdas y credos enfermizos que sólo han servido para ocasionar traumas, disfunciones, intolerancia y criminalidad”. ¡Salud, viejo sátiro!(Bibliografía: La mujer de tu prójimo, de Gay Talese).

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