Bradbury, in memoriam

Bradbury, in memoriam

Junio 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Ha muerto Ray Bradbury, uno de los máximos sacerdotes de la ciencia ficción junto con Arthur Clark, Fredric Brown, Philip K. Dick e Isaac Asimov Inc. (Asimov publicó 347 títulos, algunos muy buenos). Bradbury se distingue nítidamente en el grupo por su prosa poética, porque puso el énfasis de sus historias en la psicología de los personajes, máquinas y animales, y porque en sus cuentos la tecnología no tiene un rol protagónico: es sólo parte del decorado, un pretexto para navegar en lo que fue su verdadero asunto, los abismos del alma humana, los sueños y los temores. Quizá fue por esto que afirmaba que no era autor de ciencia ficción sino de literatura fantástica. Entre sus cuentos recuerdo de manera especial el del niño que un día descubre en la escuela que dentro de su cuerpo hay un esqueleto, y ya no puede volver a dormir en paz.  O El abismo de Chicago, que sucede en una época en la que está prohibido recordar el pasado, y hay un anciano que le cuenta a un joven en un parque cómo era el mundo antes de la catástrofe. O la del saurio que un día es despertado de su sueño de millones de años en el fondo del mar por la sirena de un faro; el animal emerge, saca su largo cuello del agua, canta, el faro le responde, le hace guiños con su único ojo, lo seduce con su esbelta figura, tan semejante al cuello de cierta grácil compañera de juegos de otros tiempos, y el saurio se enamora locamente del faro.Como buena historia de amor, también esta termina mal. O la del explorador que un día vuela a Marte, deja el cohete en un valle desértico (“parece una bala dorada sobre la arena roja”), sube a una colina y descubre a lo lejos un pueblo muy semejante al de sus abuelos en Ohio. El hombre desciende y comprueba perplejo que el pueblo no es semejante sino idéntico al de Ohio. La iglesia es igual, línea por línea. También el parque y el hospital. Y las calles. Busca y encuentra la calle de los abuelos. Aquí debe haber una réplica de la casa, se dice. Toca a la puerta con el corazón en la mano. Salen a recibirlo los abuelos y lo llenan de abrazos y besos. Aquí hay gato encerrado, se dice. Entonces recuerda que un día escondió en un jarrón, en el último anaquel de la alacena, durante el velorio del abuelo, una navaja que le tenían prohibida. El explorador entra, va a la alacena, mete la mano al jarrón y saca una navaja llena de polvo. Entonces se rinde ante el milagro y abraza a sus viejos.Pero lo más asombroso viene luego, cuando Bradbury resuelve el misterio en un desenlace perfectamente lógico, uno de los mejores finales de la historia del género, sin echar mano de elementos sobrenaturales.Bradbury fue el primer escritor en notar que había zonas urbanas en Estados Unidos con carros y sin peatones. Nunca condujo uno ni tuvo licencia de conducción. Afirmó, para desesperación de los críticos amorales, que “siempre escribo mis cuentos con propósitos morales”, como una versión moderna del puritano Nataniel Hawthorne, digamos. Murió el 5 de julio a los 92 años de edad. Sobre el orgulloso epitafio que ordenó: “Autor de Farenheit 451”, pasará puntualmente cada 3,84 años el asteroide “9766 Bradbury”, bautizado en su honor por algún ingeniero que fue feliz con sus libros y que, nada nos cuesta imaginar, estuvo enamorado de un telescopio una noche.Rip, Ray.

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